Rufino de la Cruz

Rafael Cordero Díaz

Desde el fatídico 25 de noviembre del año 1960 se ha repetido sin el más leve reparo una frase que, en aras de la justicia y la verdad histórica, ha debido enmendarse. Se trata del cobarde asesinato de las hermanas Mirabal y del chofer Rufino de la Cruz. Lo cierto es que la muerte de Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, así como de De la Cruz fue un crimen execrable.

Pero lo incierto e injusto es que desde entonces se haya presentado a De la Cruz como una suerte de conductor, pura y simple, y no como un cuadro político, un luchador antitrujillista que se prestó a acompañar a las mártires en su vehículo, porque el jeep era de su propiedad, a riesgo de su propia vida.

Sin necesidad de restar méritos ni espacio a nadie, pero es tiempo de que se haga justicia con Rufino. Los residentes en Ojo de Agua y la familia Mirabal saben que esa persona que en la historia contemporánea no ha trascendido de la condición de chofer era un luchador de vigorosas convicciones sociales y políticas.

Que la muerte de las mujeres despertara más dolor e indignación, es comprensible. Y más por el salvajismo con que fueron eliminadas, más por ser esposas de tres presos políticos que por cualquier otra razón. Pero De la Cruz no puede ser confinado a la catacumba de la historia y menos tergiversarse su papel en los hechos.

A ese valiente compatriota se le ha olvidado a tal punto que en verdad no recuerdo de algún monumento o una calle importante para honrar su memoria.

Los historiadores y los protagonistas de los acontecimientos deben ocuparse de las reparaciones de lugar para colocar al acompañante de las hermanas Mirabal, el día de la tragedia, en el lugar que le corresponde. Rufino De la Cruz no era ese chofer que se repite como una constante.

Rufino De la Cruz era el propietario del vehículo y un vecino que, como era propio de tiempos pasados, se solidarizó con el llanto y el dolor de las hermanas y, también por convicciones políticas, las acompañó hasta Puerto Plata. Tratándose de un caso que siempre me ha inquietado, y he querido hacer esta precisión como un aporte a la verdad histórica. Y a la justicia.