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Puntos de vista martes, 06 de diciembre de 2011
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Continuismo y democracia

Pedro Padilla Tonos

El continuismo político atenta contra la democracia. Su propósito es la perpetuación de los gobernantes en el poder, desconociendo el principio de alternabilidad, que permite el cambio periódico de los gobernantes mediante mecanismos legales, primordialmente electorales, para que partidos políticos o personas de oposición accedan al gobierno. Desconoce asimismo, las normas que tratan de impedir que los gobiernos utilicen de forma ilícita los recursos del Estado.

La alternabilidad es uno de los principios democráticos que deben prevalecer y ser respetados en toda sociedad civilizada. El continuismo pertenece a uno de los tantos vicios políticos del pasado que más han contribuido a corromper el Estado. En los tiempos actuales se necesitan novedosas formas de pensamiento y de acción política.

Los pueblos no están dispuestos a soportar la inercia y el retroceso. Se “indignan” y reclaman cambios y verdaderas transformaciones. La permanencia en el poder sin límite de tiempo de una misma persona o de un partido político no garantiza un balance positivo de una gestión gubernamental.

El continuismo no parece ser la vía más adecuada para proporcionar los cambios y definiciones concretas que en el orden institucional, social, político, económico, financiero y moral demandan los pueblos.

En estos tiempos difíciles se necesitan gobiernos incorruptibles y eficientes, preocupados por el bien común y no por su permanencia en el poder. Los gobiernos viejos, cansados y desgastados no pueden pretender perpetuarse.

No son capaces de proporcionar ningún cambio, bienestar y desarrollo a su pueblo. Solo dan mayor poder y riqueza a sus detentadores.

En el continuismo, cuya razón de ser es la enfermiza obsesión de gobernantes por perpetuarse en el poder intervienen diversos factores: En primer lugar, un estilo personalista y mesiánico de liderazgo de los gobernantes en ejercicio, que intentan crear los cimientos institucionales y la cultura política para la implementación del proyecto continuista.

En segundo lugar, esos gobernantes justifican su permanencia en el poder alegando que son la única garantía y opción para la supervivencia nacional y descalifican la capacidad de los opositores para llevar a cabo las transformaciones que el pueblo necesita y reclama, pero que ellos han sido incapaces de realizar.

En tercer lugar, entran en juego el poder y la riqueza de la clase gobernante, obtenidas gracias a la dirección y administración del Estado y su temor a perderlas, más aún, si existe la posibilidad de procesos políticos y legales, en caso de haberse incurrido en actos de corrupción o en graves violaciones de la Constitución, las leyes y las instituciones del Estado.

El continuismo es un fenómeno político esencialmente antidemocrático. A veces no es más que una reelección disfrazada, ya que el poder “de facto” no cambia de manos. No es más que una especie de concubinato entre la legitimidad y la ilegitimidad. Lo primero, por su nacimiento legítimo a través de un proceso electoral. Lo segundo por una actuación política violatoria del mandato constitucional.

Toda sociedad debe oponerse al continuismo si se quiere evitar que los procesos electorales se conviertan en instrumentos para la perpetuación en el poder de los gobernantes y que el proceso de alternancia de los partidos políticos se produzca dentro de estrechos márgenes o parámetros institucionales, que le impidan preservar la democracia.

Esas consideraciones nos recuerdan que dentro de pocos meses se celebrarán elecciones presidenciales en nuestro país. Será el momento de hacer un balance sobre el gobierno que termina y sus esfuerzos por mantenerse en el poder y sobre las aspiraciones de una fuerte oposición política para sustituirlo.

El pueblo podrá decidir sobre su futuro democrático, de hacer valer su derecho a que se respete la voluntad popular y de cumplir con sus deberes patrios.

Propicia es la ocasión para invitar a los dominicanos a que en el momento en que en la urna deban depositar su voto, lo hagan con plena libertad de conciencia y mediten sobre las siguientes reflexiones del ilustre sociólogo y educador Eugenio María de Hostos, que nos permitimos citar: “Derecho no ejercitado no es derecho.

Ejercitarlo es cumplir con el deber de hacerlo activo, positivo y vivo. El que abandona en un momento de desidia su derecho; el que no siente lastimado el suyo cuando lastiman el de otro; el que sordamente se promete cobrar por medio de la fuerza la justicia que se resiste pedir al tribunal; el que ve sin sobresalto la violación de la ley; el que contempla indiferente la sustitución de las instituciones con la autoridad de una persona; el que no grita, ni gime, ni brama, ni protesta cuando sabe de otros hombres que han caído vencidos por la arbitrariedad y la injusticia: ese es cómplice, o autor, o ejecutor de los crímenes contra el derecho se cometen de continuo por falta de cumplimiento de los deberes que lo afirman”.

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