El fantasma de la reelección
Un vistazo consciente de nuestra historia en el siglo pasado nos lleva a ponderar el ejercicio prolongado del poder parte de nuestros alegados “salvadores’ para garantizar el crecimiento, desarrollo, estabilidad de la sociedad. Aparte de los avatares que produjeron las causas de la Revolución del 1912 y como consecuencia la intervención norteamericana del 1916 al 1924, debemos evaluar el signifi cado de esos hechos dolorosos en más de un aspecto. Analizar si el país mejoró o empeoró como resultado de todo ese doloroso trance que no se nos enseña adecuadamente en nuestras escuelas. Cuando Horacio Vásquez gana las elecciones de 1924 se asumió que el país entraba en un período glorioso de su institucionalidad porque el maduro líder auspiciaba la democracia y el respeto de la dignidad humana. Pero cuando el presidente hace caso a la vocinglería oportunista de quienes no querían apearse del control del Estado, desató una inestabilidad que deparó a nuestra nación el período más negro de nuestra existencia. La Era de Trujillo. No bien pudimos librarnos de esa etapa obscura que yugulaba la dignidad y la libertad del pueblo los sectores más recalcitrantes e intransigentes conspiraron para “salvar al país” de un supuesto comunismo ateo y disociante. Pero cuando el pueblo se levanta para eliminar el gobierno reaccionario y oligárquico, entonces acudieron –bajo el pretexto del comunismo otra vez- a las tropas norteamericanas dizque para “salvar vidas”. Rodamos de la intervención a la “elección” del doctor Balaguer, el ultimo alfi r del grotesco ajedrez trujillista. Nos costó 12 terribles años de represion, desapariciones y asesinatos. Hasta una Banda Colorada -que asesinaba jóvenes en las calles- debió sufrir la población antes de que llegara el 1978. Con el gobierno perredeísta de don Antonio se acabó el militarismo, se recuperó la libertad y, desde luego, acabaron los presos politicos y el exilio. Todos celebrábamos esa ventura. En esos dos períodos (1978-86) hubo atisbos de reelección, pero quedaron liquidados en su propio embrión. Sin embargo, volvió el continuismo por diez años más en ese traumatico año de 1986. Otros diez años de un despotismo más liberal. Y, así, siguió la historia. Porque cuando Leonel Fernández rechazó la oferta reeleccionista del insufrible Amable Aristy Castro, para entonces senador de la Altagracia-Higu¨ey, los sectores liberales del país respiraron tranquilos y agradecidos. Sin embargo, ya en el 2004 Leonel Fernández se recordó de la propuesta del discutido senador, y le vio el lado bueno y se aprovechó de la torpeza de Hipólito cuando modifi có la Constitución en el 2002 para benefi ciarse de una reelección que no pudo obtener. Leonel, sin embargo, la buscó y la consiguió en el 2008, como todo el mundo sabe...dizque para bien del país...¡quien lo dice!. Esa reelección ha sido un azucarado encanto para funcionarios, constructores y mercaderes ligados al régimen y que no quieren bajar de ese estilo de vida. Dice el ex-presidente de Brasil, José Henrique Cardoso, que ocho años es un “buen gobierno, pero doce años es monarquía”. Los que nos afanamos por derrotar la reelección y los abusos del autoritarismo balaguerista, incluyendo suponemos que Juan Bosch también, siempre creíamos que venía decidido a institucionalizar democráticamente en este pueblo y que el tema de la reelección sería un recuerdo que, nadie añoraría. Ahora vemos que el presidente que todos hemos querido se aferra a mantenerse en el poder a despecho hasta de la misma Constitución propuesta por él. Todos aqui sabemos que una relección desde el poder termina siendo un traumatico episodio de muso de recursos ofi ciales para materializar la reeleción. Todavía creo que Leonel no haría eso otra vez. Amigo lector, haga usted un breve análisis de los 6 años de Horacio Vásquez, los 31 de Trujillo, los 21 de Balaguer y los últimos ocho del doctor Fernández, Eso le da 64 años. ¿No debería ser Leonel el que cambie esa cultura clientelista que podría terminar en un episodio triste que nos haría mucho mal. Alejemos, por favor, ese fantasma horrible de la reelección. Necesitamos, por fi n, un respiro...Usted dirá.

