Recordar a Darío. Apuntes

I

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Marcio Veloz MaggioloSanto Domingo

El día 6 de febrero de 1916, a los cuarenta y nueve años, fallecía el príncipe de las letras americanas Félix Rubén García Sarmiento, (Rubén Darío). Ese mismo año se habían cumplido sus premoniciones contenidas en su famoso poema a Roosevelt, donde con voz quebrada por los resultados de la agresión de los Estados Unidos de América a la España en la que había soñado ser enterrado, dice ya en 1904, tras la guerra hispanoamericana, y la pérdida de los colonias, “Tened cuidado. ¡Vive la América Española! /Hay mil cachorros sueltos del León Español/ Se necesitaría, Roosevelt, ser por Dios Mismo/ el Riflero terrible y el fuerte Cazador. / Para poder tenernos en vuestras férreas garras/ Y pues contáis, con todo/ falta una cosa ¡Dios! (A Roosevelt, Málaga, 1904) Ya en años casi consecutivos, Nicaragua, Haití, Santo Domingo, mermadas sus libertades por sucesivas invasiones, veían cumplirse las predicciones del poeta. Gómez Carrillo encontraba en la decadencia del temperamento de Darío luego del fallecimiento de su esposa una tendencia mística que se iba agudizando. Su gran amigo en el París de tantas veces y quien le acompañara a conocer e Verlaine, lo señaló alguna vez. (Verlaine, siempre borracho. “Padre y maestro mágico, liróforo celeste”) Su estancia en Mallorca estuvo ligada a grandes momentos de éxtasis religiosos. El más pagano de los poetas modernistas, el padre de las musas grecolatinas y de los cisnes, era católico desde adentro. Un buen día, según lo afirma María José Llorens, el poeta dominicano Osvaldo Bazil, “burla burlando, le puso un hábito de cartujo, y Darío comentó que no le sentaba del todo mal”. Tal era su estado de ánimo en algunos momentos en los que la ciclotimia lo condicionaba. Volver hoy sobre Darío es gustar de una prosa para muchos olvidada. Ignorar que Darío fue un niño prodigio nacido para las letras, si ello puede afirmarse, es ignorar la sorprendente afirmación de que a los tres años de edad sabía leer. Pero sé de otras, tantas virtudes se trata, desde muy temprano, en un estante familiar entró de lleno en los clásicos, revelando una sensibilidad, un “sensitivo” y profundo amor por la lengua española, aunque muchos crean que Darío pudo haber sido un afrancesado. Más bien fue un gladiador del idioma que asimiló del francés las mejores métricas, de las culturas clásicas griega, alemana, latina, y española, el mito y la diadema de la metáfora, transformando en lengua ligera y vaporosa a veces, como lo hiciera antes Bécquer y luego Antonio Machado, la pesada carga del lenguaje español, del castellano que él mismo criticaba a veces, aunque fuera el más grande de los admiradores de Miguel de Unamuno, a quien consideraba conjuntamente con la novelista Emilia Pardo Bazán, la pluma más consciente de la lengua en aquellos años en los que vivió dentro de la España cortesana, y agarrotada. Desde su primera visita a “la madre patria”, Rubén Darío impuso su personalidad, su música, su profundo sentido de la cotidianidad homérica, “homérico-americana”, diría yo de manera intransigente” e hizo el análisis a partir de 1898 de la España que le tocó vivir y que terminó llevando para siempre en el alma. La España de la generación del 98. Amigo de conocidos y hoy casi desconocidos escritores, su libro titulado Azul, es como un florido grito de guerra que penetra en los arboledas nacientes de generación del 98, entre las cuales están, los Machado, Unamuno, Juan Ramón, Ganivet, y otros, marcando amistades y conociendo gentes de anteriores generaciones a las que admira. Su relación con Buenos Aires, Chile, Cuba, México, está vigente en diarios, es cónsul de varios países, y no sabemos hasta dónde los del 98 pensaron en él en una voz americana capaz de marcar la lengua, aunque Antonio Machado lo recibe jubilosamente. Hasta donde la pérdida de las posesiones españolas generó su idea del peligro norteamericano para América, no queda claro, pero el poema a Roosevelt, es de 1904. España queda en América sin el colonialismo que durante más de cuatro siglos marcó pueblos del Caribe antillano, de cuya vieja prosapia tenían las Darío y los Darío, historias comunes, parte de una heredad que el propio Darío disfrutaría. El golpe de las pérdidas generó una suerte de pesimismo y desazón. Sin otra de tantas explicaciones, España perdía poder y más que poder prestigio, y una oscura sombra de cara al futuro de una monarquía decadente se avecinaba. La lengua española, el castellano, iniciaba un camino hacia la crisis con el cambio de dueño de Puerto Rico, de Cuba y de Filipinas, único lugar en donde el castellano pudo ser sustituido por el inglés. Fue el momento en el que España debió mirarse a sí misma, y eso hizo Darío, coincidiendo tal vez con las desazones históricas del momento, en los años de la década del 90 en los que vivió en el seno de la sociedad española que tan bien reflejó en sus escritos de aquellos momentos, cuando inició sus artículos sobre la vida española desde enero de 1898. Doquiera que pisó, su huella dejó rastros luminosos. Para los estudiosos que creen que la poesía pasa como las modas, vale la pena consultar de don Max Henríquez Ureña su Breve Historia del Modernismo, el más completo estudio del movimiento que Darío encabezara, pero igualmente es fundamental revisar los textos de don Luis Alberto Sánchez, sobre aspectos relevantes del mismo. Rubén Darío fue algo así como un maremoto de la lengua. Hoy que muchos desprecian las silvas, el romance, los versos alejandrinos, y la prosa de novedades insólitas del poeta, vale la pena que los parámetros constructivos del príncipe Rubén Darío sean por lo menos revisados por muchos de aquellos que hacen, como decía nuestro vate de la métrica, Franklin Mieses Burgos, repetimos, “poesía sin ton ni son”. Mieses Burgos llamaba “marcianos” a los que escondidos en un surrealismo que consideraba decadente, creían estar cambiando el curso del idioma. Franklin, lo mismo que Rafael Américo Henríquez ñdiáfanos en el uso del idioma-- decía que de los marcianos, “nadie los entiende, no saben que el surrealismo es para entender el nivel del otro lenguaje”. El maestro Antonio Fernández Spencer señalaba que lo primero era. Hacer poesía sugerente, pero con sentido de posible gustación, 1916 fue un año triste, porque joven y decadente en su dipsomanía producto del desengaño emocional, pero no de su vida llena de glorias, Rubén Darío, el más laureado de los poetas de lengua española, moría en su León de la infancia, bajo el cuidado del doctor Luis Debayle.

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