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TRIBUNA ABIERTA

A Don Enrique Ripley, hombre que no reposa. Inmemoriam

Rafael Mencía

Ha muerto Don Enrique Ripley Marín.  El fue parte del grupo responsable del renacer deportivo del país en los años iniciales de la década del sesenta cuando el país parecía renacer. Su nombre está al lado de Wiche García Saleta, Virgilio Travieso Soto, y tantos más que nos inauguraron las sonrisas en las lides deportivas. El baloncesto y el boxeo, sobre todo, tienen una impagable deuda con éste ser pasional y entusiasta que sabía hacer suyas todas las preocupaciones.

La largueza de su vida permitió que lo olvidaran. Como debe ser en hombres de su estirpe. Tuvo en vida el respeto y el afecto de aquellos que valían y eso, me creo, le era íntimamente suficiente. En la casa mortuoria se apersonaron los que le querían. Estábamos contentos de vernos y recordar los días del deporte que compartimos hace décadas y que Don Enrique ayudó a crear.

Para mí, la vida de Don Enrique tiene una dimensión intima y personal. Yo visitaba frecuentemente su casa, lindamente ubicada en un alto piso del Edificio Baquero en la calle Del Conde en los años sesenta para compartir con su hijo Geo, desde los inicios del baloncesto hasta la formación scout.

Gracias al entusiasmo de Don Enrique y a sus relaciones, el equipo de baloncesto del Colegio Santa Teresita que había ganado tres campeonatos intercolegiales consecutivos, dos de ellos invictos, viajo en el 1968 a Isabela en Puerto Rico a mostrar destrezas. Gracias a ese viaje terminé estudiando becado y graduándome de Economía en la Universidad de Mayagüez cuatro años después. Me casé con su hija Aidita y de esa unión nació Aida Teresa, mi hija mayor y su nieta querida. Y esa fue la mayor oportunidad que la vida jamás me ha dado para conocer de la nobleza y el corazón de un hombre incomparable.

Magnánimo en el perdón. Tenaz, pero elegante en la disputa. Solidario en la adversidad.

Guardaba un Cardenal Mendoza o algún otro buen jerez para compartir una buena e inteligente conversación en mis visitas a su casa. Y ellas son las que extrañaré más aunque no hayan sido suficientes y se hayan espaciado demasiado.

Lo recordaré con el primer cuarteto de un soneto de Miguel Hernández:

“El hombre no reposa: quien reposa es su traje cuando, colgado, mece su soledad con viento. Mas, una vida incógnita como un vago tatuaje mueve bajo las ropas dejadas un aliento.”

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