TRIBUNA ABIERTA
El merengue y "la cosa de calle"
Nuestra identidad es el sello inconfundible que nos caracteriza ante el mundo y ante nosotros mismos. Lo que nos diferencia de cualquier otro pueblo. Cultura es todo lo nuestro. Lo que es inherente a nuestra vida, nuestras costumbres y nuestro ambiente. Cultura es nuestra lengua, gastronomía, arquitectura, religiosidad, música, bailes, creencias, etc. La identidad y la cultura están irremediablemente relacionadas, de tal manera, que muchas veces se confunde una con la otra. En lo que todos están de acuerdo es en que el merengue forma parte fundamental de ambas de manera indisoluble. Es nuestro merengue un tesoro de la identidad y de la cultura de nuestro pueblo. Un patrimonio que requiere preservarse con orgullo y celo por todos los dominicanos. Desde su origen, todavía indeterminado con exactitud, a mediados del siglo 19, el merengue ha sido siempre innovado. Unas veces interpretado por bandas militares, orquestas sinfónicas o conjuntos de guitarras y otras, por conjuntos típicos, “pericos ripiaos” y orquestas populares. Decía en 1976 nuestro gran costumbrista e investigador René Carrasco, refiriéndose al merengue, que “sus modificaciones por el tiempo y las circunstancias no lo dejan ser el mismo de antes, enriquecido por innovaciones que constituyen nuevas formas que dan variante al ritmo y evolucionan su melodía”. Léase bien: enriquecido. Que sucede hoy con nuestro merengue? Pues sencillamente , que en su nombre se quieren meter de contrabando ritmos y letras que desdicen mucho del enriquecimiento del mismo, haciendo patente un atropello y un atentado alevoso contra nuestra identidad. Se criticó en su momento a Johhny Ventura y a Wilfrido Vargas porque aceleraron el ritmo del merengue, pero nadie se atreve a decir que lo deformaron en su esencia. Por eso triunfaron. Lo internacionalizaron en su momento y lo enriquecieron, tal como lo hace hoy cosechando grandes éxitos nuestro Juan Luis Guerra, para orgullo de todos nosotros. No cabe en la mente de un dominicano que a esta gloria nacional, a los Maestros Papa Molina, Rafael Solano o al inmenso Luis Kalaff se les ocurriría componer e interpretar “una cosa de calle” o algo parecido a esas que contaminan a diario nuestros sentidos. Los que defienden hoy “esa cosa” no se atreven a postularlo como género ante ningún escenario extranjero calificado, porque serían el hazmerreír de todos y lo ridículo de su osadía tendría carácter antológico. En la actualidad, algunos se atreven a confundir ese esperpento, equivocadamente llamado merengue de calle, con nuestro verdadero merengue. Merengue no es cualquier cosa. El merengue es algo sagrado. Es parte fundamental de nuestra identidad. Tiene sus reglas y sus características de ritmo. Cuando se le deforma y su nombre se utiliza para arropar ritmos totalmente divorciados, letras vulgares, frases descompuestas, costumbres extrañas y modas de muy mal gusto, entre otras lindezas, sencillamente se vende al mundo la imagen de que los dominicanos somos eso: Unos “tígueres” que se ocupan solamente de lo banal, el facilismo y la chabacanería, importando lo peor de otras sociedades y soslayando todas las bondades de la nuestra. Y como tales nos tratarían... pagando justos por pecadores. Lo peor de todo es que van creciendo las nuevas generaciones de niños y jóvenes escuchando esa “cosa” en una ambiente permeado por falta de educación, costumbres extrañas, vicios importados, corrupción y la indiferencia de aquellos que han descuidado su rol de preservar y enriquecer todo lo hermoso que nos han legado varias generaciones de verdaderos artistas populares. A esto se agrega el poder de penetración de la música a través de los medios masivos de comunicación. Los resultados no se han hecho esperar. Basta leer las noticias para ver el rumbo errático que va tomando nuestra sociedad y nuestra juventud. Y, al parecer...no hemos tocado fondo todavía. ¿Que le espera mañana a nuestro pobre país? La bachata ha marcado otro rumbo. Se ha impuesto dentro y fuera de nuestras fronteras. Se ha vestido de gala. Nos sentimos orgullosos al escuchar una bachata a miles de kilómetros de nuestras playas y en nuestro Teatro Nacional. Aumenta cada día en el exterior la demanda por nuestros bachateros y la bailan con pasión nuestros visitantes. No así sucede hoy con nuestro merengue, el cual ha sido olvidado, pisoteado y disfrazado de tal forma, que haría estremecerse a óico Lora y Luis Alberti, tal como se estremecen hoy aquellos músicos, compositores e intérpretes que ven deshacerse sus afanes y su amor por lo nuestro, en una carrera desbocada, donde los intereses espurios y dañinos a la sociedad campean por sus fueros ante la indiferencia de muchos. No pretendemos que se estanque nuestro merengue. No queremos que se vaya la picardía del mismo, ni que deje de reflejar el espíritu festivo de nuestro pueblo. Una cosa es picardía y otra la morbosidad. Una cosa es la fiesta y otra la degeneración. Pretendemos, eso sí, que nos sintamos orgullosos de nuestra música. Que sea nuestro merengue un estandarte de dominicanidad y que sea siempre un testigo idóneo de nuestra historia, nuestra tierra, nuestras bondades, nuestros amores y, sobre todo, de nuestra contagiosa alegría. Contra el merengue, lamentablemente, no atentan solamente los defensores de esa degeneración mal llamada merengue de calle, sino los que candidamente piensan que todo lo que lleva güira y tambora deba llamarse así , alejándose también de nuestra verdadera esencia. Adaptando baladas y vallenatos tampoco se hace merengue. Esa mansa candidez ha permitido asimismo que se cuele por debajo de la mesa toda una avalancha de influencias extranjerizantes, haciendo coro a una globalización que ha herido en lo mas profundo nuestros valores fundamentales. Merengue solo hay uno y debe apoyarse, promoverse y difundirse, respetando sus características fundamentales. Se anota un tanto la Asociación de Cronistas de Arte ( Acroarte) cuando cierra las puertas de los Premios Casandra a esa “cosa” llamada merengue de calle. Con esta decisión se honra la dominicanidad y la memoria de nuestra eterna soberana Casandra Damirón, para satisfacción de los que nos sentimos defensores de nuestros valores y buenas costumbres. Esfuerzos como los de la empresa E. León Jimenes y del Banco de Reservas merecen ser imitados por instituciones que deben asumir su rol de apoyo y defensa de lo nuestro. A sus directivos vayan nuestras felicitaciones y nuestro estímulo por su apoyo a nuestra música por excelencia. Así se hace patria. La indiferencia de hoy puede ser el lamento de mañana. Ahí está el reto. No permitamos que se pierda el tesoro que todavía nos hace sentir orgullosos: El verdadero merengue dominicano.

