VIVENCIAS
Vida y muerte
La preocupación por la muerte siempre estará presente en la agenda humana, por el contrario, pocos se preocupan por la vida, principalmente con la seriedad que debe ser afrontada. Por lo menos debería hacerse el intento de vivirla honestamente y sin causar daño a otros. De la muerte se ha hablado y escrito bastante y particularmente me he referido a ella lo suficiente en este año. Pero es un tema que no pierde actualidad ya que la muerte la vemos con una frecuencia inusitada por las incomprensiones y el manejo inadecuado de la vida que vemos a diario en los seres humanos. Dice José Piquer que “la muerte está tan segura de vencernos, que nos da toda una vida de ventaja”. De aplicar esto como una filosofía de vida, nos preocuparíamos por insuflar (sic) a la vida corporal una buena dosis de espiritualidad. Cada segundo que pasa en nuestras vidas es una nueva oportunidad que nos da Dios para convertirnos de corazón. Se promociona comercialmente que hay que vivir la vida con tal o cual estilo, pero no se promociona que la vida merece y vale la pena vivirla al estilo de Jesús. Quien elige vivirla de esa manera descubrirá que está marcada con el acento del Espíritu. Escribí hace tres años al morir un ser muy querido lo siguiente: “No hay mejor medicina que la paz interior, produce tranquilidad de espíritu, amor y aceptación. Durante su quebranto tuvo a su disposición la mejor medicina que se puede tener: la paz interior. Esa medicina le proporcionó tranquilidad de espíritu, amor, aceptación a las cosas que no podía cambiar, e hizo que desaparecieran sus miedos y angustias. Su paz comenzaba donde la ambición termina, por eso empuñó siempre el arma del perdón y la paz, orientando siempre su vida hacia el bien. Bienaventurados los sencillos, porque tendrán mucha paz”. Y de eso trata, que al vivir a la manera de Jesús la muerte no podrá vencernos, porque desde antes de morir encontramos esa gran paz que proporciona gratuitamente el Señor. La buena noticia para el que cree, es que el Señor tiene en sus manos su destino: “Me enseñarás la senda de la vida, me llenarás de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha” (Salmo 16,11).

