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Historia de fama, a lo Cortázar

Con su rostro de campaña, el candidato llegó a la mesa atestada de asesores, a su vez atestados de papeles, charts, memory sticks con presentaciones en power point, laser pointers y demás instrumentos modernos del allante. El tesorero tomó la palabra que, por voluntad propia sonó asordinada, para demostrar que cada asistente a manifestación o caravana, encabezada por el candidato, estaba costando una inusitada suma de dinero, lo que, comparado con campañas pasadas, donde el único costo era una buena estructurada promesa en voz de un altamente creíble candidato, representaba un monto global que requería de mucho más recaudación. El “strategy chief”, de acento indefinido, comandante de un equipo importado de España, Chile y Venezuela, a un costo que nadie sabría jamás, mostró una investigación comparativa que definió con el discutible término de “análisis psicogénico”, en el que se estudiaron expresiones y conductas de los asistentes a las manifestaciones, bandereos ó caravanas, llegando a la dramática y descojonante conclusión de que el único “leimotiv” de esta gente era pura y llanamente “lo mío”. El rosca izquierda o Doctor del Diablo del grupo, se atrevió a lanzar un petardo que arrancó antológicas cortadas de ojos, al decir: “esto significa que el voto consciente pasó a la historia y la única diferencia entre los contendientes por la primera magistratura, es el monto de dinero disponible para el llenado transitorio con alcohol y pica pollo, de las barrigas de los que depositarán votos el 16 de mayo. Desde luego, lo de alcohol y pica pollo, tradúzcase debidamente para los casos de aspiraciones más elevadas, como las de: partiduchos, programeros y traidores.” El rostro de campaña del candidato se transformó en rostro de frustración, a pesar de la afirmación del tesorero de que no había motivo de preocupación, porque sabía dónde y cómo buscar más dinero. Fue tal el trauma ocasionado al candidato por lo allí demostrado, que el día de las elecciones entró a la caseta de votación y, analizando sudoroso cada uno de los rostros estampados en las boletas, suyo incluido, no logró hacer distinción alguna ¡y terminó marcando y depositando la de su más cercano competidor! El autor es publicitario.

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