Billy Berroa: descendiente de los Dioses

NUEVA YORK.- “Y dijo Dios: Sea la luz”. Con esas seis palabras en Génesis 1:3, Dios empieza la creación del mundo utilizando primero su voz ( Y dijo) luego sus palabras (Sea la luz). El omnipotente, con todos los recursos a su alcance, escogió crear un mundo con palabras y transmitió esa fuerza creativa por medio de la voz. La palabra “voz” aparece por primera vez en Génesis 3:8, utilizada por el narrador: “oyeron la voz de Jehová DiosÖ.y se escondieron”. En 3:10, Adán confiesa el poder de ese sonido sobre él: “Oí tu voz.Ö..y tuve miedo”. En Génesis 3:17, Dios denuncia una poderosa voz opositora: “obedeciste a la voz de tu mujer”, le reclama. La voz es el medio de comuniación de los dioses. La Biblia utiliza la palabra “Cristo” unas 374 veces pero hay por lo menos 456 menciones de “voz”. Las cuerdas vocales, entonces, son la cablería de alta tensión por donde circula la energía original de la creación. Quien trajo cuerdas vocales capaces de mezclar sonidos, palabras, emociones, recuredos e imágenes para crear nuevos mundos, es un descendiente directo de los Dioses. Billy Berroa era uno de esos seres. La Biblia no describe la voz de Dios, sin duda la dulzura, claridad, dicción, entonación y fortaleza de la voz de Billy era una muestra de esa voz original. Ante un micrófono, Billy absorbía todos los detalles de las jugadas. Su cebrero los organizaba, sus cuerdas vocacles los mezclaban con las emociones precisas, y su voz creaba un nuevo mundo subvirtiendo todo el orden conocido. Sólo Billy, ese descendiente directo de los Dioses, podía ponernos a “ver” con los oídos, todas y cada una de las jugadas de béisbol. Pegados al receptor de radio, además de “ver” las acciones y sentir las emociones del partido, fuimos testigos de cómo Billy creaba disciplinas nuevas: narrador de trifulcas. Iniciado en la narración de boxeo, Billy ofrecía una descripción con detalles vivos y precisos de los tumultos de todo el mundo peleando contra todo el mundo que con frecuencia escenifican los peloteros. Narró el béisbol dominicano por más de medio siglo, casándose con los Leones del Escogido durante 24, hasta que la muerte recién lo separó. Narró las Grandes Ligas desde 1963. Su voz, desde luego, no podía ser privilegio exclusivo de los dominicanos. Como voz oficial de los Mets de Nueva York, Latinoamérica disfrutó el placer de escucharlo. Billy era el único jugador ñnarrador- que tenía incontables temporadas jugando en las Grandes Ligas y en la pelota invernal dominicana. Se pasaba todo el año narrando béisbol. Su capacidad de “leer” al otro y narrar en palabras simples lo que ocurría trascendía los partidos. En la primavera de 1999 le pedí revisar el manuscrito de mi libro Sammy Sosa en 9 Innings y escribirme la introducción. Así narra como me vió. “Bueno, Malone es de los que piensan que los narradores deportivos solo trabajan dos horas por la noche. Y que el resto del tiempo estan disponibles, para una aventura o para seguir hablando de pelota, de boxeo, o de cualquier otra discipilina que un interlocutor plantee”. Pocos seres humanos tienen la capacidad del ver al otro por dentro con facilidad, y describirlo con sencillez y precisión. La narrativa verbal era una de sus formas de expresión, la otra era la escritura. “Loco se vuelve uno si no puede decir lo que piensa”, me comentó en una occasion defendiendo la necesidad de escribir columnas de opinión. En el verano del 2003 coincidimos homenajeando a un mutuo y entrañable amigo, José-Pepo-Pertuz. Un sujeto súper interesante. Nació en Marruecos, de padres colombianos, vive enamorado de la República Dominicana y poseído por Nueva York. Afuera llovía y José Lacay no había cantado todavía, cuando Billy desnudó su sensibilidad casi divina. Poco antes del mediodía de aquel jueves 22 de julio, las casi 100 personas que estaban en el bar estallaron en una euforia de aplausos, algarabía y celebración, como si hubiesen ganado la Serie Mundial. Billy me apretó la mano izquierda, y medio en surzurro, su voz dijo: “Nos jodimos. El mundo se volvió loco”, comentó mientras los congregados para homenajear a un cronista deportivo, estaban felices porque acababan de matar a los hijos de Sadham Hussein. “Mira a Bilito”, me dijo Billy señalando a su hijo. “Como puedo yo mirar a mi hijo y celebrar que mataron los hijos de otro hombre, si todos los hijos se quieren igual. Todos los hijos son un solo hijo, el dolor que debe significar perder un hijo, nadie que tenga hijos lo puede celebrar”, reflexionó. “Aunque también puede ser que ninguno tiene hijos, o sencillamente todos tienen y el que me he vuelto loco soy yo” , admitió con visible desconcierto. Su sensibilidad humana iba de la mano con su trato afable y agradable; él tenía, de manera natural, lo que mucha gente va a la escuela de diplomacia a estudiar. Billy era en béisbol lo que es José Carreras la Opera. Luciano Pavoroti y Plácido Domingo, como Pedro Pérez Vargas, Bueno Torres y Ramón Anibal Ramos trajeron cuerpos de gigantes, más de seis pies, más de 200 libras, con cajas toráxicas tan grandes, que justifican el poder de sus voces. ¿Qué decir de José Carreras? Poquisimas carnes, baja estatura y medio pulmón extirpado, produce esa voz. Billy tenía buena estatura, pero era escuálido, frágil. ¿De dónde salía esa voz? Billy, Simón Alfonso Pemberton, Lilín Diaz, Félix Acosta Núñez y Pérez Vargas trajeron voces divinas. Sólo la “dominicana tierra”, como dice el decano Reginaldo Atanay, pudo parir semejantes fenómenos sonoros. Y no debemos permitir que sus voces se pierdan en el viento. Es tiempo de que locutores, radiodifusores y el gobierno funden el Archivo Dominicano de la Voz. Los oídos de futuras generaciones quedarán eternamente agradecidos.

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