La historia como farsa
El 2 de diciembre de 1851, el presidente de Francia Luis Napoleón Bonaparte dio un golpe de estado, y en nombre de la democracia disolvió la Asamblea Nacional Francesa. Llamó a un plebiscito, que ganó de forma abrumadora y un mes después promulgó una nueva constitución que alargaba el periodo presidencial y permitía la reelección indefinida. Insatisfecho con el poder presidencial el 2 de diciembre de 1852 fue proclamado Emperador mediante un nuevo plebiscito. Este 2 de diciembre, si los venezolanos no lo detienen con sus votos, Hugo Chávez ni siquiera tendrá que disolver la Asamblea Nacional para convertirse en presidente vitalicio legitimado por un plebiscito y revalidar la tesis de G. Friederich Hegel sobre la repetición de los hechos históricos y la enmienda de Karl Marx, quien añadiera que “la primera vez suceden como tragedia y la segunda como farsa.” Con la oposición debilitada, la prensa censurada, un férreo control policial y repartiendo dádivas al pueblo, Napoleón III expandió el imperio francés y amplió su esfera de influencia económica. Cuando su poder en Europa era incontestable urdió una invasión a México cuyo verdadero propósito era poner en jaque a Estados Unidos. La ambición de Chávez es semejante. También él quiere gobernar su país sin los molestos obstáculos que se presentan en las democracias liberales y aunque ya controla todas las instituciones políticas del país: el poder ejecutivo, el legislativo, el judicial, el tribunal electoral pero, como bien ha observado Teodoro Petkoff, le falta controlar el resto de la vida social del país y para ello necesita ganar el plebiscito del domingo. Pero Chávez no se conforma con ser el cacique de Venezuela. Su aspiración es enfrentar, aunque sea de forma escorzada, a Estados Unidos. Lo que le falta para poder concretar sus aspiraciones hegemónicas es lo que Georges Pompidou definiera como “los instrumentos de la política exterior de un país,” es decir, “los ejércitos y el dinero.” Con un presupuesto anual de defensa menor a los 2 mil millones de dólares Venezuela no compite con Brasil y su presupuesto de $13,692 millones de dólares ni con Colombia y sus 3 mil millones de dólares o con Chile que los supera. Aunque habría que señalar que el tipo de armamento que Chávez está comprando así como sus repetidos intentos de influir políticamente en los países vecinos es causa de preocupación regional. En cuanto al dinero, a pesar de las ínfulas de Chávez y de sus derroches de nuevo rico, Venezuela no está ni entre los 30 países más ricos del mundo. Con base al Producto Interno Bruto anual, de América Latina, sólo Brasil y México están entre los primeros 15. La preocupación en círculos diplomáticos estadounidenses es por los vínculos de Chávez con Irán. La existencia de un vuelo directo de Teherán a Caracas y el floreciente mercado negro de documentos de identidad falsos abre la posibilidad real de que se monte una base de operaciones terroristas en suelo americano. También inquieta que Venezuela pudiera servir de prestanombres a los Ayatolás iraníes. Si bien es cierto que su retórica es generalmente intolerable, Chávez sólo es un peligro real para los venezolanos. Afortunadamente, todo indica que después de un confuso período inicial, Bush ha entendido que con Chávez, la clave es no repetir los errores de la administración de Ronald Reagan en la Nicaragua de los 80’s que sobredimensionó a un adversario cuya capacidad de hacer daño fuera de su país era sumamente limitada.

