El cirujano de hierro

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José A. Vega ImbertSanto Domingo

El próximo 2 de diciembre se celebrarán elecciones parlamentarias en Rusia. Se espera que el Partido de la Unidad del Presidente Vladimir Putín gane más de dos terceras partes de los asientos de la Duma. La razón es obvia. Putin, a quien algunos llaman El Cirujano de Hierro, por sus éxitos en poner la casa en orden, tras los desastres socio-económicos de la experiencia inmediata post-soviética, aprovechando inteligentemente, entre otras cosas, el boom de los hidrocarburos, goza actualmente de una popularidad que oscila entre el 70 y el 80 de los encuestados. El historiador francés Jean Meyer, explica, en esencia, el fenómeno Putin de la siguiente manera: “Como Bonaparte, Putin ofrece tanto la síntesis entre el pasado y el presente, como un gobierno desde arriba (habla de la necesidad de reconstruir “la vertical del poder”) y desde el centro. Seduce por igual a comunistas y ultra nacionalistas nostálgicos del pasado, pero también a los “nuevos rusos” y a la juventud. Así como Bonaparte sintetizaba la antigua monarquía y la revolución, Putin íntegra la grandeza soviética a la Segunda República rusa: da a Rusia, como himno nacional, la música del tiempo de Stalin con una nueva letra”. Eso corresponde a sus convicciones personales y satisface a la mayoría de los rusos, viejos y jóvenes. Cruza el orgullo soviético con el patriotismo ruso y un cristianismo ortodoxo ostentoso; su éxito desemboca en un verdadero culto a la personalidad” (“Rusia y sus imperios”-2007). Ahora bien, el gran dilema que inquieta a Rusia, con repercusión en la política internacional, es que Rusia celebrará también a corto plazo, en marzo del 2008, elecciones presidenciales y la constitución federal prohibe una tercera elección consecutiva. Putin no podrá, pues, presentarse en esas elecciones presidenciales. ¿Cómo mantener el poder, pues, tal como la gran mayoría de los rusos reclama? El mismo Putin ha declarado enfáticamente que se opone a una revisión constitucional. Sin embargo, Putin declaró recientemente que por la abrumadora aprobación de su política, conforme a los últimos sondeos, le asiste el “derecho moral” de seguir influyendo en la vida pública de su país. Dos fórmulas se estarían contemplando, según aparece en comentarios de la prensa europea, en la que el dilema de Rusia se ventila casi a diario. Una, sería que Putin, quien parece en la lista del Partido de la Unidad para las próximas elecciones parlamentarias, sea designado después de las presidenciales de marzo, como Primer Ministro. En tal caso, el nuevo Presidente sería una figura de la suma confianza del antiguo Director de la FSB, continuadora eficaz del poderoso KGB de otras épocas. La otra fórmula sería que luego de la previsible victoria parlamentaria del Partido de la Unidad el próximo dos de diciembre, el Presidente que resulte electo con el apoyo de Putin y su partido, renunciaría posteriormente, lo que haría necesario la celebración de nuevas elecciones presidenciales. En tal circunstancia, nada impediría que Putin se presentara como candidato con estricto apego a la Constitución, ya que ésta se limita a prohibir una tercera elección presidencial consecutiva. En este contexto de sofisticada urdimbre, se cierne, lamentablemente, el espectro de los crecientes desacuerdos entre la política norteamericana y por ende la OTAN con la actual pujanza y dinamismo de la Rusia de Putin. ¿Cómo es posible que ambos bloques, superada la Guerra Fría, con una lucha común contra el terrorismo, hayan visto deteriorarse sus relaciones tras el breve y esperanzador idilio Bush-Putin entre el 11 de septiembre y la guerra de Irak llevada a cabo al margen de la ONU?... Recuérdese que la oposición rusa en el seno de Consejo de Seguridad fue idéntica a la de Francia y Alemania, México y Chile. ¿Por qué, además, el acorralamiento incesante de Occidente contra la Rusia de Putin, en plena, pero incipiente aún, etapa de despegue hacia la modernización y la economía de mercado, gravitando en áreas geopolíticas sensibles desde el Báltico hasta el mar Caspio y el Asia Central, es decir en zonas limítrofes de natural influencia rusa, dónde además se conjugan viejos conflictos étnicos, culturales y religiosos? ¿Por la política nuclear de Irán? ...Muchos opinan que precisamente, una fuerte y transparente colaboración entre Estados Unidos, la OTAN y Rusia sería la mayor garantía para limitar el propósito de Irán a fines puramente pacíficos. En recientísimo artículo de Dimitri K. Simes, Presidente del Nixon Center titulado Losing Russia (Perdiendo a Russia), aparecido en la edición Noviembre-Diciembre de 2007, en la revista Foreign affairs, faro prominente del Establischment de poder en Norteamérica, tras analizar los diversos desacuerdos que han enfriado las relaciones de Estados Unidos y Rusia después del 11-9, expresa lo siguiente: “Trabajar constructivamente con Rusia no significa nominar a Putin para el Premio Nóbel de la Paz... Lo que Washington debe hacer es trabajar con Rusia para beneficio de intereses esenciales de Estados Unidos de la misma manera que trabaja con China, Kazajstán y Arabia Saudita”, estados que el autor, desde su óptica llama “no democráticos”... Lo que el Presidente del Centro Nixon no analiza en su interesante artículo, es uno de los elementos claves, a nuestro juicio, para entender la paradoja que plantea el deterioro aparentemente absurdo de las relaciones entre estados con intereses y adversarios comunes. Me refiero a los que algunos llaman la creciente codicia de las petroleras anglosajonas en torno al Cáucaso y el Mar Caspio, así como los evidentes propósitos de mayor presencia militar occidental en una zona tan sensible para la seguridad y el interés nacional de un pujante país que si bien es consciente de no ser ya una superpotencia, está decidido a jugar un papel económico de primer orden en el tablero internacional del presente siglo y sobre todo, a ejercer en las mejores condiciones posibles el derecho a explotar sus riquezas naturales.

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