EN PLURAL

Volar como ellas, vivir como ellas

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Ivelisse Prats-Ramírez de PérezSanto Domingo

Las mariposas, mañana, tienen ante sí un dilema en su vuelo. Pueden reducirlo en su ímpetu y hasta plegar las alas por el dolor de la muerte de tres compañeras. Pero también pueden volar muy alto, deslumbrando con sus colores abrillantados al mismo sol que las ilumina, si recuerdan que simbolizan una lucha y unas vidas que trazan rumbos inequívocos de democracia, de justicia, de fortaleza. Para conmemorar el Día de la No Violencia contra la Mujer, mañana 25 de noviembre, yo prefiero mirar las mariposas en ese vuelo noble, orgulloso y feliz. Porque las hermanas Mirabal, que inspiraron con su muerte esta fecha, fueron mujeres positivas, además alegres aún en medio de sus calvario reiterado, y generosas hasta el punto de dar su vidas por una causa. Su muerte, pues, y los feminicidios privados o de estado que se rechazan y se condenan cada 25 de noviembre, son hitos que señalan un camino, hacia arriba, como quería Deligne la bandera, subiendo la montaña, que es muy alta y muy árida, sin desmayar. Sobre todo, esa senda de luz que tiene que caminarse raudamente, como si tuviéramos alas, debemos transitarla las mujeres dominicanas. Es cierto que siguiendo el rastro de ese polvo mágico que las huellas de las Tres Mariposas dejaron en la historia, nosotras, las mujeres dominicanas hemos ido avanzando. Hay muchas muchachas estudiosas, más que muchachos, en las Universidades dominicanas. En los partidos rompemos lanzas y empujando y jadeando hemos logrado la cuota positiva que nos impulsa a ir dejando atrás la atroz desigualdad. Tenemos, junto al ejemplo de Patria, Minerva y Maria Teresa, casos de mujeres que en el mundo son hoy Jefas de Estado, otras que aspiran con grandes posibilidades a serlo a corto plazo. Nos esforzamos, con un coraje que solo nosotras mismas podemos conocer y apreciar, en ser cada una de nosotras la Mujer Maravilla que provee a la vez bienes económicos y servicios familiares. Pero el vuelo que necesitamos hacer para alcanzar la plenitud de nuestro género es tan difícil, y tan alto, que a veces nos desanimamos. La violencia nos corta el aliento, nos amarra las alas, nos detiene en el miedo de que a una hija, o a una nieta la asalten, la violen, o la maten en un asalto callejero, o un novio o un esposo vengue animalmente un “dejar de querer” que es el precio que paga el sentimiento femenino al tiempo y al maltrato. La violencia que detuvo para siempre a las Hermanas Mirabal en aquella carretera trágica, muta y multiplica sus zarpazos en la casa, en la calle, y en el aula. ¿O acaso no es violencia de la peor, en un país donde el aborto es condenado por amplios e influyentes sectores sociales, expulsar a una adolescente de un colegio o escuela, porque está embarazada y asume con responsabilidad ese embarazo? También en los medios de comunicación la violencia agarrota las alas que quieren elevarse. Los estereotipos de mujeres triviales, los programas “especiales” que nos trasmiten solo recetas de belleza y de cocina nos segregan en un “guetto” mezcla de infantilismo y de esclavitud. En ese empeño de frenarnos las alas, asoma aún en instituciones y personas el instinto bárbaro de la masculinidad de la caverna, y la intransigencia patriarcal, de Moebius y schopenhauer. Pero ahora ya no somos, en el mundo ni en nuestro país, “criaturas de inteligencia corta y pelo largo”. No lo fuimos nunca, en verdad, pero el feminismo y nuestra conciencia activa nos hicieron saberlo, y reclamar ser consideradas y tratadas con absoluta equidad, nos hemos recortado la cabellera y nuestras competencias se muestran a diario. Iguales no somos, gracias a Dios. Somos diferentes. Pensadores profundos empiezan a postular la conveniencia de que se pruebe esa diferencia en el mando del mundo, por los errores de los hombres que han sembrado en la tierra la violencia de las guerras y de la injusticia social. Hace tiempo, Camila Henríquez Ureña lo había dicho: “La contribución de la mujer a la nueva vida de la humanidad, a través de su actuación pública, cambiará las raíces espirituales de la organización social. El recuerdo de su inferioridad secular impulsará a las mujeres a ayudar en la construcción de un orden donde no exista esa inferioridad”. Las tres mariposas que murieron un 25 de noviembre volaban y volaban hacia ese ideal de Camila, y nosotras, mujeres dominicanas, tenemos que enrumbarnos en ese mismo vuelo. Por eso mañana domingo, Día de la No Violencia contra la Mujer yo tensaré mis viejas alas para ejercitarme volando en un cielo nublado todavía por la violencia. Tengo una flecha que va directa al blanco, me guía un recuerdo que es a la vez testimonio y esperanza, brillo encantado de esas estrellas en las que se han convertido, como en un cuento de hadas, las tres mariposas ñhermanas. Esos astros que aletean vibrantes alumbran y señalan la posibilidad de que más allá de esta tierra manchada por la sangre de las mártires, nosotras, las mujeres dominicanas y los hombres también, arribemos juntos a un nuevo planeta. No sé como lo llamaremos finalmente. Vacilo entre varios nombres: Paz, Solidaridad, Amor. De todos modos, allá nos esperan ellas, las mariposas luceros. Para remontar desde la arcilla violenta que degrada la vida, vamos a volar como ellas. Y en el nuevo planeta, vivir como ellas nos otorgará la ciudadanía. Volar como ellas, vivir como ellas. Mientras me apresto a elevarme mañana con las demás mariposas, proclamo esta consigna.

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