A Pascal, mi padre

Nunca fue nuestra costumbre intercambiarnos extensas cartas colmadas de hermosas palabras. Tus manifestaciones de cariño se extendieron siempre más allá de un frío e inmóvil papel; de la misma manera actuaba contigo. Pero hoy quiero aprovechar el permiso que me otorgara tu gran amigo, Señor Miguel Franjul, y utilizar este espacio de tan leído diario, donde regalaste en tu columna de tantos años innumerables conocimientos y verdades, para hacer uso del derecho fundamental más defendido por ti y expresarle al mundo sin censuras lo que representaste y representarás siempre en mi vida. Estoy segura de que todo el que te conoció confirmará mis palabras. Entiendo que dar a conocer tu testimonio de vida contribuiría a regalar un mensaje de vida digna y transparente, de amor, coraje y positivismo durante setenta y cuatro años bendecidos por la Gracia Divina del Padre y protegidos por los brazos acogedores de la Virgen de Regla, Patrona de tu adorado pueblo Baní, la que tanto veneraste. En este mundo terrenal fuiste un ser muy especial: para mí, mi orgullo y mi columna vertical, por algo nos parecemos tanto. Tengo tantas cosas que reseñar de tu vida y tu persona que hasta temo se agote el espacio. Más que nadie sabes cómo se manejan estos asuntos de diagramación en los periódicos y revistas. Desde tu nombre Pascal, hasta la forma de despedirte de nosotros fue poco común. Un hombre fuera de serie, adaptado a los tiempos. A cada momento descubríamos algo nuevo en ti que te hacía un hombre de más “categoría” (una de tus palabras favoritas). Verte en esos escenarios decorados por llanto y dolor (funeraria y cementerio, lugares a los que como tú no me agrada visitar), siendo protagonista de una más de las importantes actividades en las que participabas, me hizo sentir como siempre: muy orgullosa de ser tu hija; ahora con un nuevo ingrediente: la tristeza que embarga mi corazón al recordar que no despertarás más de ese profundo sueño que velamos por tres días y no llegarás a casa y contarme sobre tus triunfos. Qué satisfacción me dio escuchar a tus amigos relatar anécdotas preciosas de ti, hasta romper con la solemnidad característica de los funerales y dejar fluir repetidas carcajadas al recordar tus ocurrencias. Es inusual que converjan en un mismo lugar una gran cantidad de personas de distintas clases sociales, de diferentes ideologías políticas y religiosas, profesionales de las distintas aéreas, la familia completa. Sin embargo, lo que cosechaste provocó la consternación de mucha, mucha gente que con sus manifestaciones de apoyo y cariño han contribuido a amilanar este profundo dolor. Hago una retrospección y en mi mente afloran recuerdos como el de aquel día cuando con apenas tres años de edad, desperté de la operación quirúrgica de mi pie y te vi llegar con mi cena, la que tú mismo preparaste; también recuerdo mi primer día en el colegio al que llegué cargada en tus brazos porque el yeso consecuencia de la intervención que referí me impedía caminar; no olvidaré jamás las veces que regresé del colegio y encontraba en mi cama muchos dulces sin saber en lo inmediato que eras tú que los dejabas allí como sorpresa, eso nos motivaba a ser mejores hijos y estudiantes sobresalientes. Mantengo vivos aquellos momentos cuando me enseñabas a montar bicicleta; las veces que me mandaste a abrir el baúl de tu carro para supuestamente traer algo que necesitabas y lo que encontraba era un regalo para mí y mis hermanos; todas las video fílmicas que nos hiciste de pasajes hermosos de nuestras vidas; la dedicación que ponías al ayudarnos a hacer nuestras tareas del colegio y cuando me preparabas para las Olimpíadas de Ortografía en las que participé. ¿Quién conversará conmigo y me aconsejará sobre mi trabajo y estudios?; ¿Quién me llamará con tanto orgullo “Magistrada” y me dirá: “permíteme hacerte una consulta”, cuando en realidad estabas poniendo a prueba mis capacidades?. Ya tendré que acostumbrarme a escuchar el silencio que ronda nuestra casa. Tuvo que suceder que te fueras para siempre para entender tantas cosas. Hoy comprendo que con todas y cada una de tus actuaciones, aunque con algunas no estuviéramos de acuerdo, estabas preparándonos para la vida que nos tocaría emprender en tu ausencia, lo que me hace sentir aún más comprometida a cuidar ese castillo tan alto y fuerte que con tanto sacrificio construiste. Me conforta la satisfacción de haber conocido en esos escenarios de despedida decorados de llantos y dolor, cuando todavía contábamos con tu presencia física, cantidad de personas que te respetan y te guardan cariño. Qué hermoso ha sido escuchar tantas bocas predicando un mismo testimonio de grandeza y reconocimiento a quien fuiste y a cómo te desempeñaste en la vida. Qué bueno Papi que donde quiera que llegabas te hacías sentir con tus jocosidades, con tu personalidad imponente, con tu trato amable. Qué bueno que hablaras tan fuerte y dieras tantos “boches”, pero jamás te olvidaras de lo importante que es la solidaridad; que exigieras tanto empeño a ti mismo y a los demás en el cumplimiento de sus responsabilidades, contribuyendo también al crecimiento personal y profesional de muchos; que dedicaras tantas horas al trabajo y a la lectura, pero sin descuidar jamás, además de tu oficina, las compras del supermercado, jugar con los perros, el pago de los recibos y de la universidad de tus hijos, nuestras calificaciones y méritos, el horario de las pastillas de mami... Qué agradable además que tuvieras tan presente a los niños y a los desvalidos; que caminaras por ahí con los bolsillos siempre llenos de mentas y caramelos regalando dulzura a tantas vidas. Qué orgullo que asumieras la defensa de tantos periodistas y medios de comunicación con incuestionable seriedad, para que hoy día la libertad de expresión sea reconocida en nuestro país como un elemento indispensable para el sostenimiento de las democracias. La muerte es el episodio natural de la vida que nunca asimilamos. La pérdida de un ser querido y más de una persona que se hacía sentir en la proporción en que lo hacías, son muy difíciles de reparar. Pero nos dejas como legado que si actuamos siempre correctamente, apegados persistentemente a los principios y a los valores que nos inculcaste teniendo a Jesús como centro de nuestras vidas y a su madre como principal protectora, poniendo amor a cada actuación que hagamos en la vida, haciendo el bien ante todo y siempre al mal tiempo regalarle una sonrisa, complementando lo anterior con el leer, leer y leer para crecer, estaremos casi cumpliendo con el verdadero propósito de la vida y honrando tu obra. Trillaste un camino muy largo, fácil de recorrer por los que seguimos detrás. El mensaje que nos dejaste ha calado. No sólo te extrañarán tus hijos, tu esposa, toda tu familia y amigos más cercanos; le harás mucha falta a tus estudiantes, a los venduteros de la Bolívar, a la señora que te vendía el Listín Diario todos los jueves en la Núñez de Cáceres con Gustavo Mejía Ricart; al niño que limpia los cristales de los vehículos en la Charles Summer; a Eladia, Gladis y Morena, quienes por tantos años tuvieron tu ropa bien planchadita, y la casa y la oficina muy limpia. También se sentirá tu ausencia en la mayoría de las librerías de esta capital, en el supermercado; los mozos y las cajeras de los restaurantes han llorado tu partida. Y no puedo dejar de mencionar al taxista de la unidad 402 de Apolo Taxi que te llevó a la Plaza de la Salud ese día Papi, fue un ángel que Dios nos puso a todos, quien dio testimonio de que hasta el final estuviste feliz. Todos los médicos de la Emergencia, que aunque te vieron por primera y única vez, lloraron tu partida. El conductor del motor que la semana anterior a tu fallecimiento atropelló tu vehículo está muy agradecido de ti por el trato humano que le diste. Hasta el final fuiste el Pascal Peña que todos conocíamos. Hasta luego. Te amo.

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