LETRA REDONDA

Recuperación nacional

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Juan D. Cotes MoralesSanto Domingo

Cuando el presidente Leonel Fernández se dirigió al pueblo de la República para hablar de cómo las aguas de Noel habían arramblado al país, propuso un plan de trabajo a machamartillo, a paso doble, hasta domeñar la destrucción, el pesimismo, la frustración, el desaliento y las heridas que la devastación ha dejado en el alma de las víctimas y de todos los dominicanos. Además, por la gravedad y urgencia de la situación, el presidente dispuso algunas medidas para ser aplicadas de inmediato a fin de asegurar a las víctimas y a toda la población que el gobierno y las instituciones públicas agotarán todos los esfuerzos necesarios para ofrecer los servicios públicos y garantizar las mejores y más oportunas atenciones en todos los casos y en todos los aspectos de esta dramática situación. Los empresarios, los mejores hombres de la República y mucha agente honrada y buena han manifestado solidaridad con todo lo que se está haciendo y respaldan las disposiciones del gobierno de dar respuestas en toda ocasión para que la familia dominicana pueda restablecerse paulatinamente. Es cierto, los gritos del pobre atraviesan las nubes y se unen a las oraciones de los justos que procuran la misericordia de Dios. En virtud de que los daños han sido de proporción y magnitud aún incalculables, me permito decir que esos ocho mil millones de pesos que el presidente dispuso para iniciar el Plan Nacional de Recuperación resultarán insuficientes y será necesario a la próxima reunión del Consejo de Gobierno todos los funcionarios y representantes de la sociedad civil sostengan con ponderado juicio las cifras que más se aproximen a la verdad de la inversión para solventar los terribles daños sufridos. Mientras tanto, prudencia y humildad deben ser las mejores prendas que exhiban los funcionarios del gobierno encargados de atender a las víctimas, a los refugiados y a los desheredados de siempre. En verdad, esta es la mejor oportunidad para demostrar con grandeza de alma nuestra solidaridad y recibir del pueblo agradecido paciencia y cooperación integrándose a los trabajos que las circunstancias le permitan. Recordemos: Darle a un pobre es pedirle prestado a Dios. Dios es la dádiva y el dador. Cuando el presidente Leonel Fernández se dirigió al pueblo de la República para hablar de cómo las aguas de Noel habían arramblado al país, propuso un plan de trabajo a machamartillo, a paso doble, hasta domeñar la destrucción, el pesimismo, la frustración, el desaliento y las heridas que la devastación ha dejado en el alma de las víctimas y de todos los dominicanos. Además, por la gravedad y urgencia de la situación, el presidente dispuso algunas medidas para ser aplicadas de inmediato a fin de asegurar a las víctimas y a toda la población que el gobierno y las instituciones públicas agotarán todos los esfuerzos necesarios para ofrecer los servicios públicos y garantizar las mejores y más oportunas atenciones en todos los casos y en todos los aspectos de esta dramática situación. Los empresarios, los mejores hombres de la República y mucha agente honrada y buena han manifestado solidaridad con todo lo que se está haciendo y respaldan las disposiciones del gobierno de dar respuestas en toda ocasión para que la familia dominicana pueda restablecerse paulatinamente. Es cierto, los gritos del pobre atraviesan las nubes y se unen a las oraciones de los justos que procuran la misericordia de Dios. En virtud de que los daños han sido de proporción y magnitud aún incalculables, me permito decir que esos ocho mil millones de pesos que el presidente dispuso para iniciar el Plan Nacional de Recuperación resultarán insuficientes y será necesario a la próxima reunión del Consejo de Gobierno todos los funcionarios y representantes de la sociedad civil sostengan con ponderado juicio las cifras que más se aproximen a la verdad de la inversión para solventar los terribles daños sufridos. Mientras tanto, prudencia y humildad deben ser las mejores prendas que exhiban los funcionarios del gobierno encargados de atender a las víctimas, a los refugiados y a los desheredados de siempre. En verdad, esta es la mejor oportunidad para demostrar con grandeza de alma nuestra solidaridad y recibir del pueblo agradecido paciencia y cooperación integrándose a los trabajos que las circunstancias le permitan. Recordemos: Darle a un pobre es pedirle prestado a Dios. Dios es la dádiva y el dador.

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