El gran reto de la política exterior estadounidense
En un lapso de siete años, cuatro profesionales de la comunicación han fracasado en su intento por mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo, y particularmente en el medio oriente, al frente de la oficina de Diplomacia Pública del Departamento de Estado. La última es Karen Hughes, la confidente y antigua colaboradora del presidente George W. Bush, quien asumiera el puesto en agosto de 2005 y recién acaba de anunciar que renuncia a finales de diciembre. Ninguna de sus antecesoras duró más de dos años en el puesto. Durante su mandato, la imagen de Estados Unidos no sólo no mejoró sino que tuvo un marcado descenso en los países musulmanes. A pesar de los malos resultados, la crítica de los círculos más liberales del país no se ha centrado en su desempeño. Lo que se ha enfatizado es que cualquier intento de mejorar la imagen del país está condenado al fracaso mientras siga la ocupación de Irak; se planteen tortuosas redefiniciones de la tortura; se repudien los Convenios de Ginebra; se establezcan centros de detención ilegales y se le da trato preferencial a Israel en el conflicto con los palestinos. En rigor, la imagen de Estados Unidos en el mundo ha pasado por ciclos buenos y malos, y aunque hay países cuyos reclamos a Estados Unidos son antiguos y legítimos, pocas veces el reproche ha sido tan universal y tan justificado como en los últimos años. Entre los grupos moderados también prevalece la opinión de que la imagen del país no va a mejorar con programas de fortalecimiento de la diplomacia pública, y argumentan que el problema podría tener solución una vez que asuma el poder el próximo presidente o presidenta. Para ello, razonan, habría que convertir la oficina de diplomacia pública en un verdadero centro de información sobre la historia, los valores y la política exterior de Estados Unidos. También abogan porque la dependencia gubernamental se constituya en un foro en el que el gobierno asuma la defensa de sus políticas y se abra al debate con sus detractores y con sus simpatizantes. En este sentido, por ejemplo, las recientes visitas del presidente francés Nicolas Sarkozy, y la canciller de Alemania Angela Merkel a Estados Unidos parecerían darle sustento a la tesis. Más allá de las posibles coincidencias entre los conservadores Sarkozy y Merkel con Bush, la visión positiva que los dos europeos tienen de Estados Unidos antecede a la actual administración y sobrevivirá después de que Bush deje el poder. Sarkozy está en lo correcto cuando dice que Europa le debe eterno agradecimiento a Estados Unidos por garantizar su libertad no una sino dos veces y que le admira por su espíritu innovador, su música, su cine, su literatura, su arte, su exploración del espacio, su apego a los ideales democráticos y a la libertad. Más sobria, Merkel utilizó su visita al rancho de Bush para descongelar la relación y puntualizar acercamientos en sus posturas sobre Irán, Irak y Afganistán. Hasta donde se puede pronosticar, Estados Unidos seguirá siendo, como alguna vez dijera la secretaria de estado Madeleine Albright, el poder indispensable.” Lo deseable, en todo caso, sería que el próximo presidente vuelva a la fórmula de Walter Lippman, quien desde 1943 pugnaba por darle solvencia a la política exterior norteamericana “manteniendo un equilibrio entre sus objetivos y su poder, sus propósitos y sus medios,” y establecía como condición indispensable de la “solvencia,” el acuerdo consensuado entre los partidos políticos.

