El bando de Francisco de Tapia

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Marcio Veloz MaggioloSanto Domingo

Un análisis de los datos que rescata la obra “Documentos para la Historia de Santo Domingo”, de Máximo Coiscou Henríquez, permite reconstruir parte de la vida citadina para un colofón triste sobre los problemas sociales y culturales durante el gobierno de Sebastián Kindelán, poco antes de la invasión haitiana del año 1822, durante primer cuarto del siglo XIX. Durante el período de Carlos III, la cultura colonial había alcanzado gran esplendor, pero la decadencia se inicia cuando el Tratado de Basilea (1795) comienza a afectar a las familias pudientes, pero igualmente, cuando se intensifica la rebelión negra en la parte occidental de la isla y Toussaint logra la gobernación de la misma en 1801, luego, en 1805 la invasión de Cristóbal y Dessalines con una posible paz francesa, al punto de que muchas de las actividades culturales de orden hispánico, como procesiones y carnavales están vigentes cuando por fin Ferrand puede asentarse en la estabilidad relativa que le permite gobernar hasta que se suicida en Palo Hincado, y su cabeza se exhibe como trofeo. En 1809 mueren los proyectos franceses de mejoramiento de la parte española y también comienzan a hundirse las ilusiones napoleónicas de los franceses que habían huido de Haití. La presencia francesa en la isla comenzó a sentirse desde el mismo 1795, pero ya en 1791, la migración (debido a las rebeliones de esclavos) atrajo a la parte oriental de la colonia, a inversionistas que se asentaron con la esperanza de que el territorio fuera, al fin y al cabo, dominio napoleónico. Pero con el triunfo de Juan Sánchez Ramírez en Palo Hincado, y la vuelta del país a manos de España, es evidente que tras la salida de las tropas francesas, la cultura deriva hacia una especie de descontrol principalmente las fiestas abiertas y callejeras que caracterizaron la cultura colonial dominicana, y las de tipo rural.Al parecer, en 1820 la sociedad dominicana había perdido cierta compostura, y las peleas, bullangerías, juegos de azar, prostitución y enfrentamientos callejeros alcanzaron un nivel peligroso. Según el bando que citamos, todos los lugares, en la noche, se veían como posibles sitios de riña y violencia. Santo Domingo perdió la amenidad de sus noches, de sus serenatas, de sus momentos de esparcimiento. Es a raíz de una dramática riña que deja dos muertos y varios heridos, cuando don Francisco Tapia, alcalde constitucional, emite un bando represivo producto de la reunión llevada a cabo para el ordenamiento de la ciudad, en el que se señala que en la noche anterior al bando, hubo riñas en las que resultaron agredidos con armas de fuego y blancas, ciudadanos que murieron, quedando otros, cuyos nombres de señalan, en mal estado. La situación de desorden se extendía hasta los campos cercanos a la capital. Y el núcleo de los desórdenes está referido en el bando. Citaremos las causas del bando, lo que también nos permitirá reconstruir un poco la vida dominicana, en su ámbito más que popular, en aquel momento cercano al desenlace que se produjo con la posterior invasión de Boyer, en 1822.1.- Se prohibían las fiestas nocturnas. 2.- Se prohibía sacar toros a las calles, “y solo haber toros en barrera” cuando el Gobierno lo considerara posible. 3.- “Las tiendas, pulperías, almacenes, villares, (sic) confiturías, fondas y otra cualquier casa de esta especie, deberán cerrarse a la hora de la retreta” Las multas, y cárcel se especificaban para cada caso. 4.- En los “cafés”, confiturías, tabernas, fondas y otras casas públicas “no habrá juegos de ninguna calidad, aunque sea de los permitidos: en los villares o trucos, sólo se permitirán los demás, “algedrés” , chaquete y tablas reales bajo las penas….” 5.- Se ordena que las garitas estén siempre con las puertas abiertas, sin que “se pongan canceles, biombos, cortinas, ni otro embarazo que quite la vista pública. En lo relativo a festividades, que es donde queda más afectada una población que vive de juerga en juerga, la prohibición de la música nocturna debió ser fatal porque, tras la música, estaba el trago, la mujer, el baile y el zafarrancho. Veamos:6.- “No se permitirán músicas, “cerenatas”, cantos al son de la guitarra después de las diez de la noche, aunque sea con motivo de fiestas en los barrios o parroquias, y los que fueren aprehendidos tomando corrillos en esta diversión, sufrirán diez días de cárcel o de obras públicas. Después de las oraciones, ya entrada la tarde, se penaba el pararse “embosado” (sic) en plazas y contornos de vecinos porque se consideraría sospechoso. Las cantinas para fiestas en los barrios, (las que todavía en el siglo XX eran comunes), fueron prohibidas, quedándose la alcaldía con lo que las mismas tenían, bajo el criterio de que éstos eran lugares de fiesta, una especie de nido de malandrines y gente de poca monta. Se prohíbía la venta en las pulperías luego de la retreta. Se hace notar que los paseantes no pueden comprar en pulperías luego de esa hora. Los militares que no estuvieren de servicio, no debían portar amas. “Las gentes de campo sólo pueden cargar su machete o sable” cuando estuvieran de camino o de regreso de la ciudad. La gente de mar sólo podrá tener cuchillo a bordo de sus embarcaciones. Los artesanos y trabajadores que laboraban con hierro y artefactos de este material, tendrían que ir con sus instrumentos en las manos a la vista del público. No sabemos si los llamados del alcalde Francisco de Tapia se cumplieron, pero sí podemos confirmar que la música, la parranda, el goce de las fiestas callejeras, no fueron por estos momentos un acicate popular para la cultura festiva de los dominicanos.

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