“Una noche senté a la belleza en mis piernas y…”
La belleza es armonía, conjunto de formas perfectas, diseño placentero de la medida visual de lo percibido. ¿Es acaso relativa la belleza? ¿No hay belleza objetiva? ¿Difieren los patrones culturales, los espacios, los valores? ¿Es posible hablar de límites comunes a la expresión sensible, arrebatadora de lo vivido en la imagen, en un simulacro de tiempo, en un parpadeo de edad y juventud? Rosa Luxemburgo, prisionera de la policía secreta alemana en los albores del siglo pasado, describe la presencia de una detenida, cuyo rostro era la suma de la perfección, poseedora de una belleza radiante que suspendía con suspiros el presidio, con formas y líneas en un cuerpo que parecía haber sido moldeado con las manos. Rosa Luxemburgo dice que todo se expresaba superior hasta que la reclusa abría la boca, entonces todo aquel legado vibratorio parecía desaparecer, lo bello se convertía en fealdad, la fealdad se posaba en el habitáculo de sus poros y en la aurora de sus ojos.Entonces no debió hablar, la belleza no necesita de palabras, cabalga en la mirada y provoca las sensaciones infinitas del placer de contemplar, de tocar aquella piel cimbreante, tierna. Pero el lenguaje es lo único que nos libera del antropoide, es lo único que nos alza en un destino de promesas y utopías. La belleza tiene que ser violín y música de cámara, concierto y cantata, diversidad plural de la palabra encantadora que prolongue el juego de simulación que es toda la vida, como quiso decir Antonio Machado cuando dijo, “hoy es siempre todavía”. Hemingway relata en “París era una fiesta” que en cierta ocasión mientras degustaba un café en restaurante entró una hermosa mujer quien se sentó sola aparentemente esperando a alguien, él se quedó mirándola, recorrió su rostro, sus manos, su pelo, imaginó todo el cuerpo, y decidió escribir en su cuaderno de notas, aquella experiencia ante la belleza. En un momento mientras narraba, se dio cuenta que la muchacha había desaparecido, entonces, dolido, porque se le había escapado, proclamó, que la belleza había quedado cautiva en su obra, que esa muchacha seguiría estando en la cafetería eternamente, atrapada por su pluma, resueltamente conquistada para una belleza que no se marchitaría ni con las palabras ni con el paso ineluctable de los años. Y así ha sido, porque vive en “Paris era una fiesta” con todo el “glamour” de aquel instante, no se fue a ninguna parte, nos espera en la cafetería, desconcertantemente bella. André Bretón, el padre del surrealismo francés, escribió una novela llamada “Nadja” donde relata el entusiasmo que suscita el “loco amor” alrededor de una historia romántica en la cual los personajes viven alucinados en el paraíso del amor hasta que deciden vivir juntos, y él empieza a descubrir las miserias de Nadja, sus descuidos, esa rutina paralizante, los pequeños defectos que antes no se veían ni se ven cuando uno vive montado en el tiovivo festivo del encanto. Entonces ni la belleza ni el amor detuvieron la caída estrepitosa del idilio, los valores se invierten, y una neblina nos cubre el corazón.Arthur Rimbaud, el poeta maldito de las postrimerías del siglo 19, uno de los más grandes aedas de Francia, escribió, “Una noche senté a la belleza en mis piernas y la encontré horrible…” Confieso que nunca había leído ningún texto poético que se propusiera enfrentar con tanta crudeza el drama humano de la belleza. Para Rimbaud, la belleza que lo era todo, en un momento dado era lo horrible, subordinando el sentido estético a una categoría dependiente de la más profunda subjetividad. No tiene en Rimbaud la belleza que es superioridad de la creación como armonía, un destino inamovible, puede en una determinada instancia, producir el efecto contrario, puede ser detestable, negativa. Pero además la belleza puede revelarse como fealdad interior en la capacidad perceptiva del observador, puede identificarse como horrible en la esencia ontológica del ser, puede ser desconocida si colapsa el ámbito del asombro y la magia, arruinada por la rutina, por el hartazgo. Es tan frágil el contexto humano, tan veloz su transcurrir, que no podemos articular ningún sentimiento perdurable más allá de una estación de vida. Solamente el amor transforma la vida y libera la belleza de su caducidad. Cualquiera como Rimbaud que busque la belleza y la siente en sus piernas la podría encontrar horrible si no tiene amor. El amor debe ser recurrente y trascender los plazos y comercio de los hombres. El apóstol José Martí escribió que “hasta hermosos de cuerpos se vuelven los hombres que luchan por ver libre a su patria”. Es el amor quien vuelve hermosa la vida y el sentido de vivir con una misión, con propósitos, con búsqueda de trascendencia.Cioran, el filósofo rumano que decidió escribir en francés, y recreó toda la teoría de Nietzsche, rumiando el vacío de la existencia con imprecaciones, dijo que “extraemos nuestra vitalidad de nuestras reservas de locura”. La belleza es una reserva de locura porque quebranta el tedio, la monotonía angustiosa del infierno, induce la creación, la gradación de lo creado, es apego al desapego de lo fugaz, horrible como la vio Rimbaud sobre sus piernas, cuando se fugó del cuerpo podrido y prescindió de la vitalidad del amor.

