“Duarte es una avenida de gentes que lo ignoran...”
Un día se juntaron unos escribientes, eran adolescentes, y decidieron versificar a Duarte, no lo conocían demasiado pero la fuerza de la repetición, el ínclito balbucear de la escuela, el pálpito de un peldaño de la historia, la idea de que hay gradaciones, el Padre, el creador de la pequeña vida con su franja de colores y arbustos bajo un tremolar emblemático, el rostro duro, adusto, distante y solicitado, su crecer de aurora en los vientos alisios, ese sentido de pertenencia de la naciónÖ Nadie pudo imaginarlo nunca sino regio, firme, categórico, porque no hay en Duarte el menor asomo de transacción, no hay en él nada que lo comprometa con una desviación, fue táctico cuando impulsó una alianza con el sector reformista haitiano para debilitar la fuerza del invasor y hacer viable la “pura y simple”, lo fue también cuando aseguró la participación de todos los sectores sociales en la tarea de liberarnos del yugo haitiano, pero no pudo preservar esa unidad contra toda influencia dependiente extranjera, porque pocos creían en la capacidad del pueblo dominicano para mantener su independencia sin tutela o protectorado extranjero. Duarte se fue haciendo un extraño, un expatriado que fue perdiendo sentido cuando los fuertes, los caudillos, los negociantes de la nación, colocaron a la Patria como embarcación a la deriva, en venta al mejor postor. Hay una imagen de Duarte que revela su infinito amor por la República, su desvelo, su intransigencia ética, cuando volvió arma en mano para defender la causa nacional en la lucha restauradora, pero ese empeño, fiscalizado en el ordenamiento matemático de sus pertenencias, suscitó un bloqueo de sus competidores, que involucró un extrañamiento disfrazado, una nueva y definitiva estocada a su generosidad y sacrificio. Como si la envidia, el celo desproporcionado, los intereses mezquinos representados en esa lucha heroica, en la cual la naturaleza humana reportó sus incongruencias, y que posteriormente hizo posible en el escenario de la victoria, el espectáculo de las luchas pequeñas fraccionales y la reposición del caudillo civil, determinaran su ruptura definitiva con el bandidaje nacional. El poeta Rubén Darío al enterarse de la muerte de José Martí, exclamó, “Qué has hecho Maestro, si Cuba no te merecía”, en un grado de impotencia ante el sacrificio de la figura más alta de América, cuyo sentido del deber patrio le impuso los más grandes gestos de amor y entrega de inmolación por la libertad. En el caso de Duarte, su exilio, su dolor y quejido profundo, no le escamotearon su vocación democrática ni su amor por la Patria, pero endurecieron sus ideas y criterios frente a los depredadores y traidores a los principios que dieron origen a la nacionalidad. La decepción del Padre de la Patria, no fue pérdida de fe, sino conciencia de la endeble contextura social de su época, de la insuficiencia orgánica y la ausencia del proceso continuo de su formación, en el sentido de apego y concreción de su magna obra, concebida y plasmada hacia la creación de una sociedad justa y digna. No hay un estudio lo suficientemente sostenido en recursos probatorios históricos que nos permita auscultar el Duarte exilado y desfalleciente, pero todos los indicadores de su actitud ante los destinos de la República están distantes de la morralla política de turno, de su ejercicio espurio, de su complicidad social y de su atraso ideológico. No hay que ser imaginativo para tener la seguridad de que Duarte se hubiese sentido, por igual defraudado del momento actual y de las sucesivas etapas dictatoriales y democráticas que les han fallado al destino esperanzador de justicia que él encarnó en su voluntad revolucionaria de patriota. Duarte no es pasado sino presente histórico, porque la Patria como valor creador en la expresión nacional es una resultante de su visión y acierto como estratega, de su ínfula conspirativa, de su tramado popular y de su resistencia ante la dominación extranjera. Si la Patria perdura como símbolo, si la Patria no es pasado, porque está enquistada en la identidad emblemática de la coyuntura, del espacio en que vivimos, ¿cómo puede ser pasado quien la creó junto a un puñado de patriotas y sigue apostando a su redención definitiva en la memoria de los cambios, en la rectificación, en su mirada grave, en su inaplazable sentido de gloria? Los escribientes del coro escolar, del izamiento de la bandera, de la canción, los entonces adolescentes entonaron los versos que pudieron, la palabra altísima de un homenaje que es de todos: Duarte es una travesía de polvo y espadas/ un juramento de nubes demorando la partida de la tarde/ una medalla de luz condecorando la tierra /También el hijo de un gallego estampando su amor con el nuestro/ una súplica de tormentas/ la patria vertical de los puños/ el sueño juvenil de los alborotados/Duarte es un desterrado que se convirtió en paisaje/ una montaña que dialogó con los cielos/ una constitución de libres que nadie cumple/ Duarte es una avenida tumultuosa de gentes que lo ignoran/ y que venden y compran y se aman y se mueren bajo su nombre.

