EN PLURAL
Sor Optimismo
Alguna que otra vez la proyectan en esos canales de T.V. que cultivan nuestras añoranzas; la película se llama “Sor Ye-ye” y gira alrededor de una monjita alborotada que tocaba y cantaba alegremente alegrando a todo el mundo. Conozco a alguien parecido. No la llamarían Sor Ye-ye, porque no sabe tocar la guitarra y canta, como yo, desafinadamente. Pero si hubiera profesado ser monja se llamaría Sor Optimismo, ella hubiera elegido ese nombre y convencido a las autoridades de la orden sobre la pertinente religiosidad del apelativo. Me refiero a mi hija Ivelisse, Ivelissita para su familia y sus amigos, quien nació con un cascabel en la boquita desdentada y lo sigue agitando con sus risas todavía ahora, cuando acaba de cumplir cincuenta años. No hay problema grave que la abrume, ni situación difícil que la acobarde. Nada logra acallar esa risa que estalla como un manojo de cohetes, incluso en ocasiones que a los demás no nos parecen las más oportunas. Pero ella es así. Ha hecho del optimismo el lema de su vida, firma con la palabra sus e-mails, sus tarjetas y cartas. Afirma que la felicidad está siempre dentro de cada uno, y que ella la encuentra precisamente porque le sonríe a los afanes, las penas y los infortunios, que se conmueven y responden amainándose ante su optimismo. Su mirarse hacia dentro para escrutar la dicha no la hace ser egoísta, ni introvertida. Al contrario, mi hija Ivelissita es un ejemplo increíble de abnegación y entrega a su familia. Vive en cada una de las vidas de sus tres hijas, respira en ellas, triunfa en cada escalón que ascienden sus muchachas, se ha graduado con honores en la Universidad a través de las dos mayores, en la boda de Laura gozó más que los novios, bailó y habló con locuaz emoción sin dejar de sonreír como una bendita. Esta hija mía es un caso. Porque no solo ama con tal desprendimiento a sus tres hijas, a Jochi el esposo que ha sido durante treinta años compañero entrañable, al yerno y a los perros, gatos y periquitos que completan el entorno hogareño. De la misma manera se da con dedicación singular a su trabajo, la broma familiar más frecuente es preguntarle si en la Institución donde trabaja desde hace mas de quince años le han duplicado últimamente el sueldo, si la ascienden cada seis o tres meses, y si nos oculta los cuantiosos “plus” con que le pagan las horas extras que día tras día la hacen llegar de la oficina mucho después de la hora de salida: cansada, pero contenta. No es así. En el modesto puesto desde el que ha visto entrar y salir a jefes, funcionarios/as y empleados/as que suben y bajan en el girar de la noria política, Ivelissita trabaja, colabora, ofrece iniciativas y experiencia ganando en RD pesos quizás mucho menos que otros/as, pero sembrando las raíces del aprecio de compañeros y compañeras de labores que se cansaron de asombrarse con su abnegación y han decidido admirarla como un raro bicho burocrático que ama el lugar donde trabaja, y hace con entusiasmo lo que le toca y lo que no le toca. Entre risas y chanzas, por supuesto. Lo que más ama esta hija mía tan especial y tan dichosa es la Navidad. Supongo que por afinidad entre los “jo-jo-jo” de los gorditos Papá Noel made in USA y las carcajadas suyas, tiene una imponente colección de diferentes Santa Claus, más de 200 según creo, que coloca por toda la casa desde que asoma octubre. El espacio se convierte en una especie de museo de la más convencional y ortodoxa versión de un “Merry Christmas” extraído del cuento de Dickens. Su pasión navideña me conduce a rezar para que nunca a nadie de la familia, mucho menos a mí, nos pase nada malo en diciembre. Temo que si me muero en esa época Ivelissita viole el decoroso duelo con hojeadas sonrientes a su retablo de muñecos, y encuentre excusa en alguna anécdota mía para evocarla y evocarme, riéndose. Riendo así, tomando en apariencia la vida como parece ser, volandera y absurda, va a la iglesia piadosamente. Solo Dios sabe si pone a los pies del Crucificado preocupaciones y angustias que a nadie más confía. Y lo hace como todo lo suyo, sin mojigaterías de beata, sin estridencias ni poses. Practica al cristianismo como ahora nos enseña el nuevo catecismo de la Iglesia Católica, viendo a Jesús como un amigo cercano bueno y amoroso, que se sonríe cuando ella le pela los dientes entre un Padre Nuestro, un Credo y un Aleluya. Es mi hija, pero curiosamente ha sido también la madre sustituta de su hermano Milovan. Mi hijo más pequeño nació en el fragor de la lucha de 1971 por los derechos humanos, en la que yo participé con furia. Ivelissita asumió con su tintineante alegría cuidar al hermanito, mimarlo y adorarlo, la recuerdo encogiendo sus larguiruchas piernas de adolescente para meterse en la cunita y cantarle entre risas hasta que al regresar de mis mítines y huelgas yo los encontraba abrazados durmiendo. Esa mujercita risueña y valerosa, cuya filosofía vital le dicta no ir a los médicos para no saber si está enferma, que no menciona nunca la muerte, para ella los que mueren “se van” simplemente, sin dramatismo, cumplió el día dos de febrero ¡medio siglo! Acompañándola, viéndola cantar y bailar con su esposo al compás del Mariachi con que la sorprendieron sus hijas, estábamos ahí los sobrinos y sobrinas que la adoran, sus hermanos y hermanas, yo, su suegra, algunos amigos y amigas, y su risa. En medio del cariño que la rodeó en la fiesta, después de la Misa en que dimos gracias por estos cincuenta años de permanente juventud, me acordé de repente de Sor Ye-ye, y encontré el título de este En Plural que es un testimonio de la vida de Ivelissita en la mía. En la culminación de esta semana de un San Valentín exacerbado de consumo y cursilería, hago un paréntesis en mis implosiones políticas y pedagógicas para celebrar el primero de los varios sucesivos medio siglos que de acuerdo a su optimismo cumplirá Ivelissita. Mi regalo de bendiciones para ella es desear que continúe siendo Sor Optimismo en medio de los duros dolores cotidianos, y que siga sonando muy alto el cascabel de su risa.

