EN PRIMER PLANO
Un periodista adolescente
Con libros amontonados por doquier, Francisco“Olympia” es su más antigua compañera, lanoticias desde hace más de treinta años
Francisco Comarazamy nació para escribir. Se armó con la paciencia de los amaneceres para salir al mundo con algo más que un corazón dentro del pecho. Con mirada de eternidad escudriñó los mensajes de todos los libros que llegaban a sus manos. No fue fácil, pues venía desde abajo –petromacorisano por más señas-, pero supo armarse del coraje que obliga a los mortales a trabajar antes de tiempo no sólo para ayudar al sustento de los suyos, sino para proveerse sus estudios. Y contra todos los pronósticos salió adelante. Desde su primera juventud tocaba sus historias con una gracia inusual que llamaba la atención. Se decidió por el periodismo porque, además del reto que suponía enfrentar la información de su país sin dobleces, le daba la oportunidad de llegar todos los días a miles de lectores, tentación a la que no se podía resistir. Y como buen profesional, hizo del periodismo la razón de su vida. Desempeñó todos los cargos, desde corrector de pruebas hasta director. Era como si la prensa escrita estuviera esperando por él. Como si todas las formas posibles de revestir la palabra se agazaparan en forma de oficios periodísticos para esperar su llegada y poder meterse dentro de su cuerpo de hombre de bien. Quien escriba su historia tendrá que preguntarse qué extraña vocación lo animaba a saltar los abismos de la edad, de la salud y de los milagros para sentarse a escribir, todavía a los 99 años de edad con la misma precisión y hondura que un joven de 20. Quien acometa la tarea de recoger sus valiosos escritos en una serie de tomos que tendrían que servir como libros de texto en nuestras universidades, deberá descubrir la perfección de su escritura, y el exacto equilibrio de sus juicios. Francisco Comarazamy dice con suma humildad que no se considera un intelectual, ni un literato, sino un simple periodista que ha seguido de cerca la historia y la literatura dominicanas desde el desarrollo de las noticias y la publicación de libros. Sin embargo, nadie duda que detrás de su modestia ejemplar se esconde un derroche de sabiduría y una formación cultural que tenemos muy pocos de los que ejercemos hoy la comunicación social. Nadie se imagina cómo Francisco Comarazamy mantiene todavía su columna dominical “Bibliomanía” desde las páginas editoriales de LISTÍN DIARIO, periódico al que consagró los mejores años de su vida y del que llegó a ser director. Sin embargo, como supervisor de sus escritos puedo adelantar de la limpieza de su estilo y la maestría conceptual de su discurso. Me ha tocado el privilegio de leerlo cada semana antes que los lectores del Listín. He sufrido a su lado en las buenas y en las malas: cuando no hay espacio para ilustrarlas, o cuando a veces, por problemas de espacio, he tenido que editar alguno de sus párrafos. Y lo que más le admiro es la gallardía con que asume esas inconveniencias técnicas del periódico las que, por otra parte, no les son ajenas. Pero además, Francisco Comarazamy es también jurado de infinidad de premios literarios y periodísticos. Lee manuscritos anónimos con la misma prestancia que con las obras literarias impresas que cada día llegan a sus manos de parte de los más diversos autores, en busca de su comentario orientador. Y lo hace porque está consciente de que la República Dominicana es una isla llena de libros: extraños y profundos, variados y predecibles, bien escritos e imperfectos, pero libros al fin que ayudan a la gente a ser mejores y que permiten el don de la selectividad. Sus artículos tienen la doble virtud de no ser ni petulantes ni alabanciosos. Francisco Comarazamy no emite un juicio de valor a favor de alguien que en realidad no lo merezca. Su vida transcurre sin sobresaltos ni excesos. Hoy, al igual que ayer, lleva la misma disciplina existencial que lo ha llevado a ser ejemplo ante su pueblo. Sale de su casa todas las tardes y bastón en mano, recorre centros comerciales y lugares públicos como el buen adolescente que es. El premio de la Fundación Corripio no sólo ha venido a coronar su brillante carrera, sino que lo mitifica. Con el premio o sin él don Frank es una montaña a la que todos debemos escalar en busca del resplandor, y de las tribulaciones. Escritor incansableFrancisco Comarazamy escribe todos los días. Textos, notas o cartas. Lo hace con una solemnidad impresionante, como si se encontrara de rodillas frente a un altar. No usa computadoras, ni artefactos de la tecnología a pesar de que sus familiares han insistido en que debe acogerse a la modernidad, sino en su maquinilla de marca “Olympia”, que data de los años 70, tal y como lo hacía en la redacción de LISTÍN DIARIO. No sé cómo se las ingenia para que cada vez la cinta imprima los caracteres con mayor nitidez. Los viernes en la tarde llegan a Listín, en dos cuartillas de papel bond pegadas con “ega”, a manera de papiro.

