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Las Sociales miércoles, 02 de febrero de 2011
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CON ELEGANCIA

Aspectos de la elegancia

  • Aspectos de la elegancia
    Lynda Rodríguez
Lynda Rodríguez
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Ser elegante abarca muchos aspectos. No puede limitarse sólo al aspecto externo. A partir de hoy escribiré para ustedes esta columna en la que trataremos temas que nos ayudarán a desarrollar esa parte delicada, ese arte de saber moverse con gracia, proyectar y atender a los demás de manera agradable. Soy de las que piensa que lo elegante es visualmente estético. Es agradable a la vista, a los sentidos.

De nada sirve estar vestidos de diseñador de pies a cabeza si no logramos una armonía. Es esencial recordar que la belleza significa en primer lugar armonía y proporción de las partes dentro del todo, sean las partes del cuerpo, de los vestidos, del lenguaje o de la conducta. Pero además, como dice Aristóteles, “a las obras bien hechas no se les puede quitar ni añadir, porque tanto el exceso como el defecto destruyen la perfección”. Si nos vamos al aspecto estético del vestido, en nuestro país, aun en los sectores más adinerados, la exageración está a la orden del día. Camisas floreadas combinadas con jeans con bolsillos grandes y costuras blancas o estridentes y, muchas veces, hasta con cinturones de hebillas elaboradas hacen que la persona se vea, en el caso de los hombres, faltos de glamour y distinción. No importa cuánto le haya costado su camisa, ni el pantalón ni el cinturón.

Simplemente la exageración en la combinación del vestuario hace que se vea vasto.

Siempre me he preguntado por qué muchos hombres en este país tienen ese estilo de vestir. Lo elegante es sencillo. Se puede ser moderno, vanguardista, trendy o clásico sin llegar a ser vulgar. Es cuestión de buen gusto y desintoxicación.

Me imagino que se están preguntando por qué digo ¿“desintoxicación”?… Simple: al estar acostumbrados a ver tal o determinada cosa como factor común en las demás personas, tendemos a verlo como algo normal, natural, correcto, como algo que “es así” y, sin darnos cuenta, lo copiamos y lo convertimos en parte de nosotros. Por tanto, es importante desintoxicar nuestro paladar y educar nuestro gusto a lo armónico. Si nos ponemos un pantalón oscuro con costura blanca -saltón a la vista- no nos pongamos una camisa colorida de flores –también saltona a la vista-. Es cuestión de vernos limpios, proporcionales. El buen gusto es pues “un modo de conocer”, un cierto sentido de la belleza o fealdad de las cosas.

Se aplica a todo el ámbito de las costumbres, conveniencias, conductas e incluso a las personas mismas. Y desde luego no es algo innato, sino que depende del cultivo espiritual, de la educación y la sensibilidad que cada uno haya adquirido. Las cosas de “mal gusto” no pueden ser de ninguna manera elegantes, sino más bien ordinarias o hasta vergonzosas.

Lógica y afortunadamente, no existe una regla fija que determine qué es de buen y mal gusto.

Lo que sabemos es que el buen gusto mantiene la mesura, el orden, incluso dentro de la moda, sin seguir a ciegas sus exigencias cambiantes, sino más bien encontrando en ella la manera de mantener el estilo personal.

No olvidemos que el saber vestir también es un arte que podemos aprender. Gracias por leer esta columna, a partir de hoy nos encontraremos todos los miércoles… ¡Hasta la próxima edición!

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