MÉXICO
Jóvenes brasileños llevan comida a los damnificados
VILLAHERMOSA.- En medio de la devastación que afecta al sureño estado mexicano de Tabasco, anegado por las peores inundaciones de su historia, doce jóvenes trabajadores de un restaurante de cocina brasileña de Villahermosa buscan aliviar a sus paisanos de las zonas más apartadas llevándoles comida.Los jóvenes, nueve chicos y tres chicas de alrededor de 20 años, acuden a una de las dos calles del centro de la capital tabasqueña habilitadas por las autoridades como embarcaderos para la partida de lanchas de asistencia y rescate con sus cuatro ollas cargadas con una apetecible cena. “Llevamos carne guisada, pollo con arroz, postre y ganas de ayudar”, explica a la Javier Martínez, que como sus compañeros forman parte de ese 20% de la plantilla del restaurante Rodizio que todavía puede ir a trabajar.Sus viviendas también fueron tragadas por el agua pero ellos pudieron alojarse en casas de familiares y amigos en la capital. A pesar de que Rodizio tuvo que cerrar cuando llegaron las inundaciones, una semana atrás, sus dueños decidieron que se siguiese cocinando para los damnificados por las crecidas de los ríos.Los primeros días llevaron la comida a los albergues de Villahermosa, pero ahora que los suministros oficiales llegan eficientemente a éstos, han decidido usar las lanchas para llevarla a las “comunidades alejadas a las que pertenecen nuestros compañeros” de trabajo afectados, explican. El primer objetivo: El Quince, la localidad situada en el kilómetro 15 de la carretera que conecta la capital de Tabasco con el vecino estado de Chiapas. Dos lanchas a motor, puestas a su disposición por las autoridades del estado, parten a media tarde y, tras serpentear por varias calles inundadas de Villahermosa, llegan al río Grijalva.Faver, cuyo hogar está cerca de El Quince, trata de guiar la expedición, pero el paisaje es bastante distinto al normal: el verde habitual de la selva tropical tabasqueña ha sido sustituido por una inmensa piscina, cuyos límites son inabarcables a simple vista.En algunos tramos, el cauce del Grijalva se adivina por el pasillo creado en el agua por las copas de los árboles. En otros, ni eso. Los conductores de los botes deben tener cuidado con los cables del tendido eléctrico y pasan por escasos centímetros bajo algunos puentes, obligando a agachar la cabeza a los pasajeros.Aquí y allá asoman los tejados de hojalata de algunas casas y en el horizonte se ven los helicópteros que buscan damnificados. Tras una hora de dar vueltas en busca de El Quince, el grupo encuentra a dos hombres en una canoa y uno de ellos, conocedor de la zona, se ofrece de guía.Finalmente, los jóvenes del Rodizio llegan a su objetivo y son recibidos con agradecimiento por los desmoralizados vecinos de El Quince, en el que sólo uno de sus tres barrios permanece sobre el agua, pero incomunicado de la capital.L a comida brasileña está lejos de alcanzar para los 6.500 habitantes del pueblo, por lo que se lleva a los dos albergues ocupados por aquellos que se han quedado sin casa.El grupo emprende el regreso, ya de noche, con cinco integrantes más: un matrimonio y sus dos hijos, que buscan llegar a Villahermosa para huir a un lugar más seco del estado.En la oscuridad, el camino de vuelta es aún más surrealista. A solicitud del guía improvisado, las lanchas llegan a la comunidad de La Lima, convertido en un pueblo fantasma acuático donde muchos vecinos se resisten a abandonar sus casas y se han instalado en sus azoteas o segundos pisos. En uno de estos, ocupado por una veintena de personas, descargan la comida que había quedado y cantan “Las Mañanitas” a una muchacha que cumple sus 15 años rodeada de agua y desolación.

