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Un faro en todas las orillas: el reconocimiento social del Equipo Ambiental de la Academia de Ciencias

La sociedad les reconoce, además, una cualidad poco común: independencia. No son un ministerio ni una ONG contratista. Su autoridad nace de un capital reputacional labrado en décadas de rigor, coherencia y servicio.

El Equipo Ambiental funciona como fuerza reguladora que morigera la ambición de los poderes,

El Equipo Ambiental funciona como fuerza reguladora que morigera la ambición de los poderes.Shutterstock

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Luis CarvajalEspecial para Listín Diario
​Santo Domingo

En la República Dominicana hay una certeza que no necesita precepto. Cuando el territorio tiembla por una retroexcavadora en el cauce, por un vertedero ardiendo o por el olor agrio de un efluente, alguien llama al Equipo Ambiental de la Academia de Ciencias. En la montaña más lejana y en el litoral donde el mar se come la orilla; en los arrozales del Yuna y en los barrios donde el polvo se vuelve hábito, las comunidades saben que hay una voz científica que llega, observa, mide, explica y, sobre todo, acompaña. Esa presencia, repetida en tantos parajes y momentos, ha creado un reconocimiento social robusto. No es fe ciega: es confianza.

Con el tiempo, la gente aprendió a identificar su modo de estar. Llegan sin estridencias, con botas y libretas. Escuchan antes de dictaminar. Convierten el rumor en dato y el dato en argumento público. Si hay ruido que enferma, miden; si hay polvo que sofoca, describen su origen y su ruta; si una empresa descarga sin licencia, leen la ley con la misma precisión con que leen el río. No prometen milagros: proponen acciones, señalan responsabilidades, recomiendan medidas de mitigación y, cuando toca, denuncian. Así, el Equipo Ambiental se volvió vecino de todos: perito, testigo y traductor entre la angustia cotidiana y el lenguaje de la evidencia.

Esa función excede los grandes casos mediáticos. También están cuando la comunidad pide una charla para entender por qué la loma se deshace con cada aguacero, qué relación guarda la ausencia de libélulas con la calidad del agua, o cómo manejar perros y gatos en patios universitarios sin afectar la salud ni la biodiversidad. Explican qué significa una agricultura realmente sostenible más allá del eslogan. Discuten agroquímicos con matices: dónde son necesarios y dónde no. Ponen nombre, luz y escala a términos que repetimos sin hondura: transgénicos, biotecnología, riesgo, beneficio; y lo hacen no para dictar sentencias, sino para abrir ojos.

Luis Carvajal es biólogo, miembro de la ACRD y coordinador de la Comisión Ambiental de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Luis Carvajal es biólogo, miembro de la ACRD y coordinador de la Comisión Ambiental de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.Leonel Matos

El reconocimiento social nace también de un diálogo que honra la pluralidad dominicana. El Equipo Ambiental acompaña a iglesias de todas las denominaciones y, de modo especial, ha caminado con la pastoral ambiental de la Iglesia Católica desde que Laudato si’ estrechó las manos de la fe y de la ciencia. Esa alianza no exige renuncias de conciencia ni atajos dogmáticos: pide caminar juntos por la casa común, sostener el bien como ejercicio social y unir, para el cuidado de la naturaleza, el rigor del método con la esperanza de la oración. La fe afirma su ética del cuidado; la ciencia sostiene su método verificable. El horizonte es compartido: servicio.

La sociedad les reconoce, además, una cualidad poco común: independencia. No son un ministerio ni una ONG contratista. Su autoridad nace de un capital reputacional labrado en décadas de rigor, coherencia y servicio. Cuando intervienen en una duna, un manglar o una cueva, no se colocan detrás de un partido ni de un interés privado: se colocan detrás de la ley y de la ciencia. Por eso los buscan comunidades, fiscalías y alcaldías. Por eso también los escucha, y a veces los incomoda, el poder.

Fachada de la sede de la Academia de Ciencias de República Dominicana, ubicada en la Ciudad Colonial.

Fachada de la sede de la Academia de Ciencias de República Dominicana, ubicada en la Ciudad Colonial.ACRD

Esa independencia convive con una virtud decisiva: la capacidad de actuar como contrapoder social. El Equipo Ambiental funciona como fuerza reguladora que morigera la ambición de los poderes, señala límites, ordena el debate y evita que lo público se subordine a caprichos e intereses privados. Esa posición, necesaria para la salud democrática, los coloca a menudo en el centro del conflicto. No faltan quienes intentan desacreditar su trabajo, minar su moral o caricaturizar la ciencia como obstáculo al desarrollo. La respuesta ha sido mantener el estándar más alto de pertinencia, transparencia y ética ambiental. A eso se suma algo esencial: la propia Academia de Ciencias, con su diversidad de enfoques y disciplinas, ha respetado y valorado de manera constante el trabajo de su Comisión de Ciencias Naturales y Medio Ambiente. Ese respaldo es signo de madurez institucional.

En tiempos de crisis climática, pérdida de biodiversidad y contaminación, el papel de una Academia de Ciencias se vuelve nítido.

En tiempos de crisis climática, pérdida de biodiversidad y contaminación, el papel de una Academia de Ciencias se vuelve nítido.Istock

También en las salas de audiencia su presencia traduce complejidades para jueces y fiscales. ¿Qué significa un efluente con DBO alta para la salud de una cañada? ¿Cómo se prueba el daño de una extracción de agregados en la dinámica de una cuenca? ¿Qué mide un inventario de biodiversidad cuando se habla de impactos irreversibles? Frente a esas preguntas, el Equipo aporta peritajes, criterios técnicos y una convicción que no cambia con la coyuntura: el conocimiento es un bien público y su lugar es la luz.

El reconocimiento se nutre de educación y de planificación. Conversatorios, guías, materiales para escuelas, formación de líderes comunitarios, acompañamiento a organizaciones ambientalistas, promoción de ciencia ciudadana. Enseñan a leer un río, a nombrar aves urbanas, a distinguir entre percepción y evidencia, a usar un sonómetro o un GPS con fines de bien común. Hacen educación para la ciudadanía ambiental, no como consigna, sino como práctica: que los reclamos se vuelvan políticas, que los derechos se vuelvan cumplimiento.

En tiempos de crisis climática, pérdida de biodiversidad y contaminación, el papel de una Academia de Ciencias se vuelve nítido: ser un servicio público del conocimiento. Aquí entra el compromiso epistémico, una filosofía que redefine el vínculo entre ciencia y sociedad. Saber compromete, porque nos vincula con las consecuencias de lo que descubrimos. Saber desafía, porque obliga a revisar intereses y rutinas. Saber obliga a actuar, porque la evidencia es una forma de mandato. La neutralidad no es indiferencia: es método puesto al servicio del bien común. Desde esa claridad, la ciencia acompaña a las comunidades y, a la vez, colabora con las instituciones. Ayuda a planificar, a ordenar el territorio, a prevenir conflictos, a convertir la indignación en hoja de ruta y a transformar el expediente en solución.

¿Cómo se prueba el daño de una extracción de agregados en la dinámica de una cuenca? ¿Qué mide un inventario de biodiversidad cuando se habla de impactos irreversibles?

¿Cómo se prueba el daño de una extracción de agregados en la dinámica de una cuenca? ¿Qué mide un inventario de biodiversidad cuando se habla de impactos irreversibles? Bahoruco Mountains NP, Dominican Republic January 2014istock

Ese compromiso es posible porque la pluralidad interna de la Academia es fuente de madurez. Allí caben la geología y la poesía, la medicina y la antropología, la estadística y la pedagogía, la gestión y la protesta cívica. Ese ecosistema intelectual sostiene al Equipo Ambiental y lo blinda frente a tempestades interesadas. Cuando arrecian las presiones, el método protege. Cuando arrecian las campañas de descrédito, la coherencia responde. Cuando arrecia la duda, la evidencia habla.

Cierro con una certeza que no cabe en vitrinas. El territorio es un libro vivo y el Equipo Ambiental de la Academia aprendió a leerlo en voz alta para que nadie quede a oscuras. Donde otros ven curvas de nivel, ellos ven promesas. Donde otros ven negocio, ellos preguntan por justicia. Donde otros ven silencio, ellos escuchan la estadística secreta del agua. Que siga siendo así: que la ciencia, sin soberbia, sea lámpara compartida; que la ley, sin miedo, sea abrigo de todos; que la comunidad, sin cansancio, sea autora de su propio paisaje. Y que cada informe, cada visita, cada peritaje, recuerde a quienes mandan y a quienes resisten que saber no es acumular palabras: saber compromete, saber desafía, saber obliga a actuar. Porque la casa común no se hereda sin responsabilidad. Se cuida a la altura de su nombre. Se honra con cabeza fría y corazón ardiente. Se defiende con la verdad que respira en los datos y con la ternura que sostiene a la gente.

Donde otros ven silencio, ellos escuchan la estadística secreta del agua.

Donde otros ven silencio, ellos escuchan la estadística secreta del agua.Istock

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El autor es biólogo, miembro de la ACRD y coordinador de la Comisión Ambiental de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.