comida

La mesa como símbolo: el ritual de compartir

La Navidad, con su tejido de memorias y expectativas, nos recuerda que el compartir no es un gesto ornamental, sino una decisión emocional.

.

.

En cada hogar hay un punto de convergencia silencioso, un territorio donde el tiempo parece aflojar sus costuras: la mesa. No es simple un mueble, tampoco un objeto decorativo, pues es en punto donde se construyen memorias, tradiciones, historias…, en fin, es un tipo de paisaje emocional. Sobre ella, además, descansan los gestos que sostienen la vida cotidiana y, en diciembre, se convierte en un escenario mayor: El ritual íntimo y colectivo de compartir.

La antropóloga cultural Margaret Visser, en su obra The Rituals of Dinner, sostiene que la mesa es uno de los espacios más antiguos de significación social, porque en ella se organiza la forma en que una comunidad entiende la hospitalidad.

“Comer juntos”, afirma, “es una manera de negociar nuestra humanidad”. La mesa, entonces, trasciende su materialidad y se vuelve un lenguaje, siendo así un código de afectos, jerarquías, memorias y expectativas.

Navidad y tradición dominicana

En la República Dominicana, ese lenguaje se amplifica durante la época navideña. La figura del anfitrión adquiere un rol casi curatorial. No solo convoca, compone. Selecciona los sabores, diseña el ritmo de la noche y afina la textura emocional de quienes llegan. La mesa —vestida de luz cálida, aromas que anuncian hogar y silencios que también hablan— pasa a ser un espacio donde cada comensal encuentra un lugar, aunque llegue con historias distintas.

El sociólogo francés Claude Fischler, autor de L’Omnivore, describe la comida compartida como un acto identitario:

“Decir con quién comemos es decir quiénes somos”. Y, quizás por eso, diciembre marca un retorno a las fuentes afectivas. En la mesa familiar se reeditan escenas, se reparan distancias, se estrechan vínculos que el año deshiló sin pedir permiso. También hay una dimensión contemporánea que reconfigura el acto de reunirse. Hoy, la mesa puede ser pequeña, íntima o improvisada. Puede tener vajillas heredadas o platos desiguales. Puede reunir a una familia tradicional o a los amigos que se convirtieron en familia.

Lo importante es lo que permanece esencial: Sentarse juntos implica detenerse, escuchar y acompañar.

La Navidad, con su tejido de memorias y expectativas, nos recuerda que el compartir no es un gesto ornamental, sino una decisión emocional. Y la mesa, ese lugar donde caben la nostalgia, la risa y el futuro, se vuelve símbolo, porque preserva lo que a veces olvidamos: Que la presencia es un regalo, que el cuidado se expresa en detalles y que sentarnos alrededor de un mismo centro es también reconocernos unos a otros.

Avatar Redacción Listín Diario

Redacción Listín Diario

Tags relacionados