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La Vida martes, 10 de mayo de 2022

REALIDAD Y FANTASÍA

Don Chacho, el librero

  • Don Chacho, el librero

    María Cristina de Carías

María Cristina de Carías
Santo Domingo, RD

Se celebró una nueva Feria del Libro, como cada año, desde que don Rafael Herrera, se dedicó a continuar la tradición instituida por el entonces secretario de educación doctor Joaquín Balaguer, quise dedicar unas líneas, a uno de los libreros más queridos y admirados con que ha contado la ciudad de Santo Domingo.

Francisco Celio Carías Lavandier, conocido como don Chacho por familiares y amigos, tenía su Librería Nueva en la calle El Conde, entonces la arteria más importante de la capital. Era don Chacho un librero muy especial, todo libro ingresado era primero leído por el dueño, no siendo pocos los libros que fio a aquellos mozalbetes que acudían al negocio, ansiosos de conocimientos y don Chacho con enorme interés y dedicación los atendía personalmente, indicándoles cuáles debían leer para abrir su intelecto a nuevos horizontes.

Don Chacho era enemigo acérrimo del régimen dictatorial que a la sazón subyugaba el país, a los jóvenes que acudían a su establecimiento, el librero les indicaba los libros que debían leer para encauzar sus mentes por senderos democráticos.

Su establecimiento se convirtió en el centro de una peña literaria, en donde la intelectualidad dominicana se daba cita para entablar amenas discusiones sobre diversidad de temas, entre los que no estaba ausente la situación política. El librero fue siempre sospechoso al régimen y era vigilado discretamente. Entre los contertulios se encontraba don Américo Lugo, quien por ser desafecto al régimen, pasaba enormes apuros económicos. Don Chacho, con su característico desprendimiento, lo ayudó económicamente hasta su muerte. También acudían Vigil Díaz, Patín Maceo, con quien sostenía don Chacho escarceos sobre temas filológicos, muy del gusto del librero, para quien el cultivo del idioma era prioritario. Don Luis Schecker, el ilustre fray Cipriano de Utrera, C. Armando Rodríguez, el doctor Moscoso Puello, Arturo Logroño, José de Jesús Núñez y Domínguez, don Julio Ortega Frier, Alcides García Lluveres y muchos otros intelectuales de altos vuelos, de la época.

Don Chacho, afable, sencillo y modesto, aconsejaba y ayudaba a los escritores que empezaban a destacarse, como es el caso de Juan Bosch, a quien apreciaba por sus dotes de escritor y sus aspiraciones libertarias. Uno de los libros que recomendaba era Ariel. Chito Henríquez, José Israel Cuello y muchos otros jóvenes eran protegidos por el singular librero, quien, después de haberlos asesorado y provisto de buena lectura, fiada muchas veces, se paraba en la puerta de la librería para observar si algún espía del régimen podía estar al asecho, defendiendo con celo a los que consideraba sus hijos espirituales.

A la librería, cuya fama trascendía las fronteras, pues era el establecimiento de confianza de las casas editoriales de España, México y Argentina, acudían muchos de los embajadores ante el país. Las peñas se hicieron tan famosas que un periodista de la famosa revista Life norteamericana, impresionado por la calidad intelectual y la certeza de los comentarios sobre la situación política escuchados allí, publicó un artículo sobre la situación política de la República Dominicana, citando las reuniones literario-políticas de la Librería Nueva, en donde se juntaba la crema y nata de la intelectualidad dominicana.

Llevaba don Chacho un diario en el cual comentaba, con mucha certeza, la situación política y la oposición soterrada al régimen. Los intelectuales españoles que se refugiaron aquí tras la guerra civil en su país acudieron a la librería, meca de toda inquietud intelectual. Entre ellos Almoina, Sabras, María Ugarte, Jesús de Galíndez. Este último cultivó cordial amistad con don Chacho y se dice que el librero le confió el diario, tan celosamente llevado durante largos años. Galíndez llevó consigo el preciado tesoro que sirvió de espina dorsal para su famosa tesis La era de Trujillo, publicada en Nueva York por la universidad de Columbia y que le costó la vida.

Hace unos años, muchos de sus antiguos amigos del círculo de la librería obtuvieron del Ayuntamiento que una calle llevara su nombre. Chito Henríquez, uno de los jóvenes protegidos por el librero, convertido a la sazón en secretario de Estado, pronunció el discurso de orden.

Yo aspiro a que la Feria del Libro se dedique a ese personaje inolvidable que fuera don Chacho, el librero.