FÁBULAS EN ALTA VOZ
Los mangos y el soñador
Marta Quéliz
Cuando volviste a tu patria te refugiaste en esa mata de mango que por varios años entristecía por la ausencia de su dueña, doña Ani. Le diste esa vida que había perdido. La convertiste en tu musa y le dejaste saber con tus colores que más que una “mata paridora”, era la inspiración de un artista que con el olor a campo saboreaba la ricura de su fruta predilecta, y que con pincel en mano dibujaba sus tonalidades hasta en la figura de un desnudo.
Cientos de mangos te hacían soñar con tu próxima obra, pero no solo para pintar un bodegón con ellos como protagonistas, sino para dar trazos a cualquier paisaje que ameritara estar en el mejor escenario a la hora de concebirlo. Con tu boina de ladito, como buen artista bohemio, te sentabas en la marquesina y echabas a andar tu mirada hacia ese frondoso árbol que te regalaba sus mejores galas. “¡Manos a la obra!”, decías y comenzabas a lograr líneas perfectas, tonos tropicales y sobre todo, a plasmar en cada lienzo, tu arte, lo que te apasionaba hasta tu último suspiro.
“¡Vengan a buscar, se van a dañar porque hay demasiados!”, era la excusa perfecta para que fuéramos a verte y aprovechar el momento para tus largas charlas mientras devorábamos los mangos más buenos que pueda dar la tierra, como tú decías. A veces ni sabíamos de qué hablabas porque nos concentrábamos en engullirnos esos mangos que desde las fotos que mandabas, hacían “la boca agua”. Te reías cuando nos veías salir con las manos llenas y con los encargos que mandabas a cada quien para que no perdieran la oportunidad de comer los mangos que al parecer te había heredado tu entrañable madre, que también los regalaba.
No imaginas, Danilo Agustín Aguiló González, cuán grande es el agradecimiento que te tiene esa mata, que aun con poco viento sopló fuerte para que tu nena o tu “reynita con y”, como le decías a Dali, sintiera tu presencia tres días después de tu partida. ¿Coincidencia? Puede ser, pero comoquiera que sea, fue la excusa perfecta para contemplarla y ver en ella los mangos y al soñador, y recordar que bajo su sombra reíste, amaste y por supuesto, aunque no te vimos, lloraste. Nunca estuviste ajeno a tu realidad, pero tampoco a tu capacidad de hacer planes futuros, entre ellos, plantar un huerto en el techo con tu “rey” como le decías a Manu. La naturaleza tenía en ti a un gran aliado, y de verdad que espero que Dios le permita a tu nieto Daniel Enrique amarla como tú lo hiciste, y que aprenda a soñar, que sueñe bonito.
Hoy tus hijos que tanto amaste y que tanto te aman; tus hermanos Luis y Pável, y todos los que te quisimos te extrañamos, y aunque no hay palabras para expresarlo, siempre te veremos en los mangos, nuestro querido soñador.

