REALIDAD Y FANTASÍA
La influencer
Mi hijo pequeño se instaló en la hamaca que tengo a la salida del patio. Este es un aditamento que fascina a hijos y nietos, como ha sido por tradición y costumbre del Caribe, heredada de nuestros antepasados taínos y caribes.
Al rato se irguió llamándome, quería decirme su última ocurrencia, empezó por preguntarme si yo sabía lo que era un influencer, al hacer cara de yo no sé, me explicó que era lo último en YouTube y que se trataba de personas que, de alguna manera, ejercían influencia en la gente que las veía.
Me pareció interesante aquello, puesto que nunca había visto este tipo de personajes que pudieran dictarle a otros cómo ser y pensar. Me explicó que los había de todo tipo, desde aquellos que trazaban pautas para el buen vestir, el maquillaje y la conducta, hasta otros que trataban de influenciar en el pensamiento de sus espectadores.
Le agradecí su introducción al mundo cibernético, pero no encontré cómo aquello podía gravitar sobre mi mundo. Entonces, me lanzó su propuesta: quería que Emma fungiera como influencer porque pensaba que iba a ser un ¡éxito rotundo! Aquello me cogió de sorpresa, nunca me imaginé a Emma en el ciberespacio dictando pautas para ¡el vivir y morir!
Le dije a mi espabilado benjamín que lo primero que tenía que hacer era consultar con mi factótum, luego, dependiendo de su parecer, podría proceder a abrirle un espacio en YouTube. Con parsimonia, se bajó de la hamaca, en donde había estado a sus anchas. Fue en busca de mi morena cocinera y de sopetón le lanzó la propuesta. Emma no supo qué decir, no sabía de influencias ni de YouTube, a duras penas maneja su celular. Con paciencia mi querubín le explicó de qué se trataba, Emma abrió los ojos como platos y rauda se fue en busca mía. Yo, como pude, traté de explicarle de qué se trataba aquello, me miró por debajo de los espejuelos, con olímpico desdén, y de esa misma guisa espantó a mi hijo mandándolo a freír tuzas, porque ella nunca pero nunca se prestaría para ¡tremendo disparate!

