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La Vida viernes, 10 de septiembre de 2021

COSAS DE DIOS

Cuando llora un niño de 59 años

  • Cuando llora un niño de 59 años
Alicia Estévez
Santo Domingo

Como otras veces, empezamos a hablar. Es un hombre de 59 años, yo lo conozco desde hace 25. Un padre y esposo admirable, dedicado a su familia y comprometido con su matrimonio. Su mujer y sus hijos son un tema habitual en nuestras conversaciones. También, hablamos de la salud, de los precios que suben, de la delincuencia y muchos otros asuntos de interés común. De vez en cuando, nos atrevemos a ir más allá y compartimos recuerdos, heridas, de la niñez, la adolescencia y la juventud. Pero no de repente, sino cuando la conversación deriva hacia allí. Esta vez no, fue inesperado, como un mazazo, me tomó por sorpresa.

24 horas

Sin venir a cuento, como si tuviera mucho rato pensando en ello, me dijo que, a los 6 años, se había separado de su madre, ella vino a trabajar a la ciudad y no podía traer consigo a un niño tan pequeño. La familia la apoyó, así que él quedó a cargo de unos tíos, buenos, amorosos, pero ninguno de los dos era esa madre que adoraba. Lloró durante 24 horas, sin parar, el día que ella se marchó. Y dice que, aunque lo visitaba con frecuencia, nunca pudieron recuperar la complicidad que habían alcanzado en el momento en que decidió partir.

Cuando más la amaba

“Se fue cuando más la amaba”, me dijo, y sus ojos de hombre adulto, inteligente, con un humor atrevido, se llenaron de lágrimas. Lo escuché sin atreverme a opinar, ¿qué le dices a un niño de seis años que asoma por los ojos de un hombre de casi sesenta, llorando por su madre? No me atreví a elaborar un juicio. Porque, desde lejos, claro, decimos “nada es más importante que un hijo”. Cierto, no lo discuto.
Complicado resulta estar en esos zapatos, los de una madre que se tiene que apartar de un hijo, precisamente, para darle a él un mejor futuro. Yo lo hice, también, como la mamá de mi amigo, cuando más amaba a mi hijo, mi primer hijo.

La sonrisa de Javier

Dejé a Javier, con tres meses de nacido, justo el día en que sonrió por primera vez. Y me he preguntado si esa sonrisa fue una despedida o una advertencia de que no me marchara por todo lo que habría de perderme. Aquel viaje de estudios tuvo frutos que nuestra familia ha cosechado. Imagino que mi hijo debió echarme de menos, por suerte, era un bebe. Pero yo recuerdo que, junto a mi cama, coloqué un calendario en el que marcaba los días que faltaban para abrazarlo. Las lágrimas de mi amigo me recordaron las mías durante ese medio año en que me perdí ver crecer a mi primer hijo, el dolor que viví, entonces, y que contemplé en los ojos de ese niño, que se sintió abandonado, camino, ahora, a cumplir 60 años.