REALIDAD Y FANTASÍA

La casa

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María Cristina de CaríasSanto Domingo, RD

Construimos la casa con mucho esfuerzo. En aquellos tiempos éramos dos jóvenes profesionales con muchas ilusiones y muy poco dinero. Logramos conseguir un préstamo otorgado por una asociación de ahorros y préstamos, recién formada, gracias a los buenos oficios del abogado de la empresa, con quien nos unían vínculos familiares.

La casa fue surgiendo poco a poco, en tanto afanábamos buscando los materiales, vigilando a los obreros y a los pequeños hijos que saltaban alegremente entre las hileras de blocks; cuando no trataban de ayudar al albañil que preparaba la mezcla de cemento o se encaramaban en las lomas de arena.

Me trasladaba desde tempranito con mis pequeños. Mi esposo iba de cuando en cuando, cada vez que se lo permitía su trabajo. Un hermano ingeniero había tenido la generosidad de hacer los planos y dirigir la obra. Yo servía de ayudante, entre él y su maestro de obras. Corría a la ferretería, vigilaba la llegada de los materiales, averiguaba el lugar en donde la madera estaba a mejor precio, conseguía crédito en la fábrica de blocks, regañaba a los niños y velaba porque aquellos obreros trabajaran rápido y bien, para que el dinero, tan trabajosamente conseguido, alcanzara hasta el final de la obra.

Finalmente llegó el día en que tiraron “el plato”, aquello significaba que, después de construir un molde de madera llamado encofrado, vaciarían el concreto que formaría el techo de nuestra casa. ¡Allí mismo hicimos una fiesta con los trabajadores, celebrando el magno acontecimiento!

Los niños estaban empeñados en quedarse a dormir en su casa dotada ya de techo. Los razonamientos de que aun faltaba mucho por hacer, que no tenía puesto el piso ni las puertas y ventanas, no los convencían, tuvimos que llevarlos llorando y pataleando desesperadamente.

Luego, los días comenzaron a alargarse y parecía que nunca iba a finalizar la construcción de nuestra soñada casita. El oficio de factótum me empezó a parecer demasiado pesado y los niños comenzaron a aburrirse de esta construcción que no acababa de terminarse. Por fin, un día de finales de año, pudimos mudarnos. Casi no podíamos creerlo, estábamos en nuestro hogar, hecho por nosotros, con enorme esfuerzo y dedicación. La vida, en lo adelante, sería totalmente distinta, el futuro se nos antojaba dichoso, ¡nada ni nadie podría turbar nuestra felicidad! Celebramos el Año Nuevo como nunca lo habíamos hecho; hasta los niños esperaron el cañonazo, sin que se durmiera ninguno. ¡Tanta era la excitación general y la alegría de tener, por fin, un hogar propio!

En la casa crecieron los hijos, nacieron otros y la misma casa creció también. Cada vez que podíamos la mejorábamos, adecuándola a la numerosa familia. La casa vivió nuestras alegrías y tristezas, nuestras angustias y dolores; fue testigo callada y fiel de nuestros esfuerzos, se convirtió en cómplice de los jóvenes amores de los hijos y se hinchó de orgullo con nosotros al ver los triunfos colegiales y atléticos de la muchachada.

La casa se convirtió en algo más que una construcción: era el refugio, el centro de actividad de la familia. Todos sentían que allí, entre sus paredes, podían encontrar solaz, resolver problemas, concentrarse en los estudios cuando había que preparar un examen difícil o, simplemente, soñar debajo de una mata, en el fondo del jardín. La casa pasó a ser otra amiga fiel de cada uno de mis hijos, de mi esposo y mía; no la veíamos ya como un objeto inanimado, ¡no, nuestra casa tenía alma!

En la casa pasamos el ciclón que asoló Santo Domingo y solo sufrimos la pérdida de dos árboles, la casa resistió airosamente los embates del poderoso ciclón y las matas caídas tuvieron la delicadeza de no estropear nada. Después celebramos la casa y nosotros la primera graduación universitaria, ¡qué orgullo sentimos todos!, la casa se veía radiante. En la casa nos reunimos todos para ver por televisión por cable los eventos olímpicos cuando una de las hijas participó en las pruebas de nado sincronizado en la ciudad de Los Ángeles. Todos nos esforzamos para encontrarla entre los atletas que desfilaban orgullosos en aquella espectacular ceremonia de apertura.

Más adelante la casa se acostumbró a las graduaciones universitarias, como se había acostumbrado a amanecer estudiando para los exámenes parciales y finales, invadida de compañeros estudiantes de los hijos. Uno por uno fueron haciéndose profesionales, mientras la casa suspiraba de satisfacción, junto con mi esposo y yo.

Luego, la casa se cubrió de tristeza, hasta el jardín se tornó mustio. Fueron los terribles días que se convirtieron en meses y luego en años, mientras mi esposo luchaba contra la siniestra enfermedad que acabó por derrotarlo. La pena nos arropó y la tristeza se convirtió en la compañera de la casa, mis hijos y yo. Todo en aquel lugar hablaba de su presencia. Había querido morir en su casa, para lo que regresamos de un gran hospital en Chicago, en donde habían agotado todos los recursos de la ciencia médica, tratando de frenar el terrible mal. Murió en su amada casa, dulcemente, una mañana tempranito, mientras el sol salía y los pájaros trinaban con un cierto dejo de tristeza, en el jardín. La casa guardó su memoria, dándome apoyo y abrigo, en medio de la desolación y la amargura.

Después, estrenó de nuevo una sonrisa para celebrar la boda de una hija. Se iba lejos, al África, con su gallardo esposo, y la casa, vestida de gala, celebró su enlace y con una mezcla de esperanza, buenos deseos y tristeza, la vio partir, junto con nosotros.

Poco a poco se empezó a vaciar la casa, empezó a crecer y a hacerse silenciosa. Los hijos se alejaron, cada uno siguiendo su destino; de los que aun quedaban, poco se sentía su presencia, ocupados siempre lejos de las paredes protectoras. La casa, sin embargo, seguía cálida y acogedora, esperando la vuelta del rebaño.

Yo opté por envolverme en mil ocupaciones y olvidar aquel hogar que fue por tanto tiempo el centro de mi vida; pero sentía la acogida que me dispensaba en cuanto pisaba el umbral de la puerta.

Luego la risa de los nietos llenó de alegría nuevamente la casa y sus paredes rejuvenecieron, el jardín se llenó de lozanía y la casa volvió a envolver con su calor a todos. A pesar de que mis hijos tienen sus propios hogares, todos los acontecimientos importantes se celebran en la casa. Así se han sucedido varios bautizos y numerosos cumpleaños infantiles. La casa se mantiene decidida a servir de refugio la nueva generación, ser su cómplice y su amiga y, además, ¡ayudarles a triunfar!

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