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La Vida martes, 08 de junio de 2021

REALIDAD Y FANTASIA

La casa de la infancia

  • La casa de la infancia

    María Cristina Carías.

María Cristina de Carías
Santo Domingo

La enorme casona era fascinante, el zaguán conducía a la puerta de entrada, allí muchas veces nos refugiábamos huyendo de la criada encargada de meternos en cintura. El viejo caserón había sido el hogar de varias generaciones. Allí todo se podía hacer. Los niños tenían entera libertad, mientras no molestasen a los mayores, así que organizábamos partidas de futbol en el inmenso patio, montábamos patines por los amplios corredores embaldosados, o jugábamos al escondite, por las numerosas estancias.

La casa tenía una gran cocina dotada con una estufa de carbón. Los olores de aquella amplísima cocina, siempre estarán ligados a mi infancia. Al lado se encontraba la despensa. Allí se almacenaban los bultos de papas, trigo y cebada. Los sacos de carbón, la leña y yo no sé qué más cosas que componían un fabuloso mundo en donde se podía jugar por horas y horas, sin que se dieran cuenta de nuestras travesuras. A veces eran interrumpidos por mi hermanita cuando sentía un ratón y empezaba a lanzar chillidos.

El comedor era grande y solemne, con enormes vidrieras que asomaban al patio. Allí teníamos que comportarnos, en esto no había escapatoria, los modales tenían que ser impecables. Un pellizco ponía en cintura cualquier desaguisado. Además, las miradas de reproche eran suficientes para poner en cintura al rebelde. De la mesa nos levantábamos después de consumida la taza de té digestivo para evitar indigestiones. La casa brindaba la posibilidad de aventuras de capa y espada, pues subiendo a la segunda planta, se podía saltar al tejado de la primera y protagonizar los lances que habíamos visto hacer al “Zorro” en la función matinal del cine de los domingos. Con estas aventuras por los tejados, ademas del riesgo, por el peligro de resbalarse, si nos descubrían, acabaríamos castigados por toda la temporada. Este juego constituía la emoción y el reto más fuerte, por lo que solo lo hacíamos en contadas ocasiones.

Otra aventura favorita era la carrera por encima de las paredes de tapia del traspatio. Allí crecían matas de tunas por lo que, si no pisábamos con acierto, acabábamos llenos de espinas que picaban despiadadamente.

En el traspatio se encontraba el gallinero con multitud de gallinas y pollos, además de unos cuantos gallos presumidos y escandalosos. Cuando nos levantábamos temprano, íbamos directamente a levantar las gallinas, armados de escobas. Las perezosas emplumadas, corrían alarmada y los gallos escandalizaban, mientras nosotros brincábamos a gusto por todo el gallinero. La cocinera aparecía alzando los brazos y dando voces pidiendo auxilio y todo acababa cuando el tío divertido, acudía a poner orden, regañando a las gallinas por haraganas y a los gallos por no cantar suficientemente fuerte.

A la sala solo entrabamos los días de fiesta, pero de vez en cuando nos colábamos, a la hora de la siesta, para observar con asombro los cuadros de los abuelos y bisabuelos, tiesos y solemnes, con grandes bigotes. Las abuelas con bucles y tocadas con graciosos sombreros. Los sillones de terciopelo, cómodos y sensuales, nos albergaban en lo que examinábamos los álbumes de daguerrotipos. Las visitas furtivas siempre eran cortas, interrumpidas cuando sentíamos pasos peligrosos. Entonces nos deslizábamos con agilidad por la ventana hacia la calle y entrabamos por el zaguán, con cara de no romper un plato.

El día se deslizaba raudo en aquella casona inolvidable, un universo por sí sola, en donde no había que asomarse al exterior por existir tanta maravilla dentro. Allí trascurrió nuestra infancia en una mezcla de realidad y fantasía que quedo para siempre anidada en el recuerdo.