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La Vida domingo, 30 de mayo de 2021

LETRAS

El Plan Trujillo

  • El Plan Trujillo
Marino Berigüete
La Romana, RD

Después del entierro
de mi padre, No había
sentido el vacío
de buscar la verdad
sobre la vida de mi
abuelo. Sabía poco de él.

A veces tengo la extraña sensación
de que el muerto me guiña un
ojo desde la fotografía que todos estos
años ha ocupado un lugar especial
entre los cuadros de la familia,
sobre la mesita de centro en la sala
de la casa en Madrid. No será igual
para mí cuando regrese... En otras
ocasiones, creo haberlo visto frunciendo
el ceño, arrugando la frente
en ese gesto típico de la casta Tejeda.
¿Qué había sido de la vida de abuelo?
¿Por qué razón, papá nunca quiso
hablarme de sus años dominicanos;
de aquellos tiempos en que el abuelo
Merido debió ser un nombre importante
para los suyos, como lo ha
de ser el nombre de todo jefe de familia?
“¿Hasta dónde llega la verdad
de lo que me has contado, viejo?
¿Qué cosas me has ocultado?”, se
ha preguntado muchísimas veces, y
ahora se lo repite: “¿por qué no me
enseñaste las claves para entender
este país, viejo?, y mira afuera la ciudad.
A esa hora de la mañana, Santo
Domingo cobra una vida rara, de
hormiguero gigante, como si desde
las sombras de la noche, despejadas
de golpe por el sol, saltaran los resortes,
los hilos ocultos que marcan
la existencia de la capital “de esta isla
que he llevado por dentro, sin conocerla,
durante tantos años”.

—¿Qué misterios le ocultaste a tu
hijo, Rafael Leonidas Tejeda? –se dice
en voz alta, y detiene la mirada en
una hermosa mujer que se baja de
un auto, cierra la portezuela y camina
hacia un café, al cruzar la calle.

El mar, que queda a sus espaldas
cuando se sienta y habla con
uno de los camareros, es de un
azul incorruptible.

“Es hermoso este mar”, piensa,
“tal como me lo contaste, viejo”,
y siente que un nudo en la
garganta le atenaza las palabras,
que los ojos se le humedecen sin
poder evitarlo. “Fuerte, Manuel,
fuerte como un hombre”, se dice,
“no has venido a este país a echar
lagrimitas”. Has venido a buscar.

Sabe que su pasado está allí, en
alguna de esas calles que ahora
se nublan de tantos autos, tanto
ruido, tanta modernidad. Le habían
dicho que Santo Domingo
era una ciudad cada vez más moderna,
pero nunca imaginó que
en el mismísimo centro del Caribe
pudiera existir realmente una
modernidad que iba creciendo
gracias a esas inversiones, a tanto
dinero que entraba en un país
marcado para convertirse en uno de los más ricos y desarrollados de
aquella región.

Ver para creer era un viejo dicho
de su padre, y él tenía la prueba
ante sus ojos: si no hubiera decidido
venir a conocer la tierra de sus
orígenes, no creería toda aquella
modernidad.

Y bajo esa modernidad, o detrás,
o encima, gravitaba un nombre:
Trujillo, un animal histórico
que lanzó el país de la absoluta pobreza
hacia el principio del desarrollo;
un personaje que también,
y aún lo sabe, anduvo flotando sobre
la historia de su familia, como
esas nubecillas de invierno que
nunca vacían su carga de agua, pero
están ahí, presentes, amenazando
aguacero; un nombre del que
la historia de aquella tierra no podría
prescindir nunca, y que entró en la vida de los Tejeda por esas
simples coincidencias de la propia
existencia humana, o por designios
de Dios: su abuelo Merido
Tejeda podía considerarse el hermano
gemelo del dictador; se parecían
como dos gotas de agua.

—Es fatalidad, viejo, no destino
–quiso replicar una de las tantas
veces en que intentó profundizar
en el tema mientras cenaban
con su padre Manuel.

No puede olvidar la mirada severa
de su padre, sus ojos fijos, de
mirada dura.

—Hay cosas de las que no deben
hablarse, Manuel – le oyó
decir, aún con más severidad-. El
destino quiso que tu abuelo se pareciera
al general, es así de simple.
La fatalidad nada tiene que
ver en esto.

Por esas respuestas supo que
detrás de toda la historia fugaz
que le habían contado de su
abuelo, se escondían cosas que
quizás jamás llegaría a conocer,
y a decir verdad, por esos años,
mientras se perdía en el encanto
de sus estudios en la Universidad,
en la ciudad que nunca se dormía,
en los flirteos con las primeras
novias.

No le importaba mucho conocer
más sobre aquel personaje lejano
que fue su abuelo, cuyo único
mérito le parecía una idiotez: ser idéntico al dictador que durante 30 años tuvo en su puño a todo el pueblo dominicano. Por eso ni siquiera hablaba de aquello con nadie: le parecía ofensivo para la imagen de su abuelo, y por ese entonces creía más importante hacer ver a sus compañeros que él también tenía un abuelo del cual sentirse orgulloso, aunque no fuera como esos que cada tarde se sentaban en el parque a solear sus huesos viejos y recordar antiguas glorias con sus gorras puestas.

El primer guiño se produjo justo el día en que llegó a casa con el Título de Ingeniero en Informática y Ciencias de la Computación. El hogar estaba vacío y se sentó a observar las letras doradas de aquel documento que cerraba con un inmenso broche de oro su etapa de estudiante y le abría las puertas al mundo de la modernidad y a su propio futuro con augurios de prosperidad en lo que todos llamaban “la ciencia del mañana”. Tuvo la rara sensación de ser observado y desvió la vista hacia la puerta de la cocina. Vacía. Nadie. Pero siguió sintiendo la persistencia de una mirada anónima clavada sobre su cuerpo y entonces miró a los cuadros de la mesa de centro, frente a él, donde habían ido a parar las fotografías familiares, como quien pretende arrancarle momentos a la eternidad.

Creyó que su abuelo le guiñó un ojo. Pensó que había sido un desliz de su cerebro eufórico y se entretuvo otra vez mirando las letras donde decían que ya era un hombre útil, alguien con capacidad para asumir tareas responsables dentro de una sociedad que cada día necesitaba más de hombres responsables.

Todo hubiera quedado ahí si a partir de esa tarde sus llegadas a la casa no hubieran coincidido con aquella sensación de ser espiado y con el fugaz guiño de ojo de su abuelo. En los últimos tiempos, como hoy, también coincidía el guiño con esa forma familiar de arrugar la frente.

— ¿Qué me has querido decir en todos estos años, abuelo? –dice en voz alta con la foto en la mano que ha traído con él desde España, y escucha que tocan a la puerta de la habitación. Tres toques, bajos, tímidos.

Un joven. Moreno y cuidadosamente afeitado. De gestos muy finos, como de mujer. Vestido de pantalón negro, camisa blanca, de mangas largas, cuello cerrado. Una cruz gruesa y pequeña colgada, brillando sobre el pecho.

—Soy Aníbal –le escucha decir, la voz como de ángel, casi apagada, un susurro -. El Padre Mario me envió a buscarlo.

Supo siempre que cualquier búsqueda de su pasado debía de empezar por allí: Mario había sido compañero de su padre en el colegio católico de Madrid y era uno de los pocos que decidió entregarse al sacerdocio. Aunque era madrileño, sus buenos oficios sacerdotales y sus amplios conocimientos del mundo y de la historia latinoamericana, decidieron a la jerarquía eclesiástica a enviarlo a las Antillas, oficiando primero en Puerto Rico, y luego en una provincia de Haití, y después en los últimos años, en Moca, un pueblo cercano a Santiago de los Caballeros.