Los detectives literarios

  • Otros libros donde aparecen nuevos detectives.

RICARDO GUZMÁN WOLFFER
Ciudad de México / Tomado de La Jornada Semanal

Si el accionar humano es muestra de su descon­tento con “la vida” que le ha tocado, el misterio cotidiano se extrapola a la resolución de un enigma con­creto, generalmente traducido en lo criminal dentro de los acertijos literarios. No sabemos qué nos es­pera. Algunos tardan varias ado­lescencias en comprender que la vida está por descifrarse. Transcu­rrimos entre “situaciones” que nos llaman a elegir: ser el chofer del ca­mión en donde parecemos ir soli­tarios o aceptar que apenas somos los polizontes colgados en la parte de atrás del transporte donde, de súbito, abrimos los ojos para mirar el profundo precipicio junto a la ca­rretera que transitamos sin rumbo.

Los clásicos: de Holmes a Marlowe
Los investigadores literarios nos llaman la atención por ser eco de la propia necesidad de com­prender el arcano advertido, pe­ro apenas abarcado y de ningún modo resuelto, que es el transcu­rrir de la vida. La persona ultima­da o desparecida entraña no sólo el quiebre del orden social, tam­bién la posibilidad de cambiar el mundo. La muerte temprana de un asesino pudo evitar que ultra­jara a otras víctimas. Los críme­nes sin resolver, sin un delincuen­te que castigar, repelen por ser una muestra más de la inabarca­bilidad de lo cotidiano.

De ahí la necesidad de los bus­cadores de verdad, aunque sea precaria y literaria. Chester Hi­mes urde una epopeya de varias novelas con sus detectives negros y violentos para concluir la sa­ga en un texto de ciencia ficción (Plan B), mostrando la imposibi­lidad de actuar en un mundo de­vastador: como si lo ficticio fue­ra la mejor respuesta a la realidad. Queremos entender, pero no po­demos. Lo oculto es lo definitorio, por eso admiramos a los buscado­res de esa verdad, lectores de los signos de la degradación.

La amplia oferta literaria del gé­nero se funda en el supuesto más aceptado, incluso inconsciente­mente: somos varios en uno mis­mo. Dentro tenemos la voz que in­siste en cambiar inclusive aquello que nos acomoda; la que acepta hasta lo indebido; la que ríe ante todo y de todos; la que llora ante lo inamovible; y, por supuesto, la que justifica a cada una de las de­más antes volver a mirar el cielo.

Se privilegia la literatura esta­dunidense, con Dashiell Hammet y Raymond Chandler, entre otros, por su cercanía. Pero también hay un gusto por los misterios a lo Aga­tha Christie o el famoso Sherlock Holmes, de Conan Doyle, y su ca­pacidad inaudita de descubrir lo inesperado.

Otros investigadores literarios eficaces
Antes de que nacieran los acto­res que se inmortalizaran por su rudeza verbal en los años noven­ta, en 1942 el francés Leo Mallet (1909-1996) arrojaba al mun­do la novela inicial del tremen­do investigador Nestor Bruma, quien actúa a finales de la segun­da guerra mundial para afrontar un mundo que hoy nos parece tan ajeno, donde incluso mandar una carta era una dificultad. Des­de Calle de la estación, 120, Ra­tas de Montosouris y Niebla en el puente de Tolbiac, Bruma se bur­la de todo, pero se malpasa al ver la injusticia y la violencia gratui­ta, lo cual no le impide ejercerlas si es necesario. Sus contrincantes son seres complejos o francamen­te rastreros, capaces de asesinar sin contemplaciones, pero tam­bién de armar intrigas complica­das. Nada que el sapiente Bruma no resuelva, incluso echando el cuerpo por delante.

Armin Öhri (Liechtenstein, 1978) se catapultó a la fama con La musa oscura, novela si­tuada en Berlín a mitad del siglo XIX. El joven estudiante de leyes Julius Bentheim trabaja como di­bujante pericial, lo que le permi­te seguir de cerca el brutal crimen de una prostituta, claramente a manos del filósofo Botho Goltz, quien se defiende en juicio a pe­sar de las pruebas en su contra, empezando por su confesión. No­vela de rastros criminalísticos, pero también de eufemismos ju­diciales, donde pronto se ve que los procedimientos penales de­ben funcionar a la perfección pa­ra condenar a un salvaje capaz de anular cualquier prueba o argu­mento mediante las herramientas de la retórica y la filosofía. La lu­cha entre lo justo y lo legal es más chocante en los procedimientos donde se dificulta probar la evi­dente culpabilidad. Öhri brilla no sólo por la trama y sus persona­jes, sino por lograr profundizar en los derechos humanos de los de­lincuentes, en aparente obstáculo al desarrollo social.

Öhri retoma el uso de “rimas hepáticas”: rimas satíricas alema­nas improvisadas, usadas desde el siglo xiv en reuniones, donde el verso inicial hace referencia al hí­gado de un animal, regularmente el lucio. Esto hace que, en medio de la violencia, el humor atempe­re la impresión de los escenarios y de los convincentes personajes.

Leo Perutz (Praga, 1882-1957), destacado escritor de su época, en El maestro del juicio final lo­gra mezclar la literatura de de­tectives con la fantástica. Apare­ce un actor muerto en peculiares circunstancias. Primero tomado como suicidio, pronto se involu­cra al barón Yosch, antiguo aman­te de la esposa del muerto. Eso lo obliga a investigar el crimen para salir bien librado. Pronto se verá que hay más muertos en similares circunstancias. Así llega a cono­cer al asesino, un “terrible enemi­go” que parece existir desde ha­ce siglos. La existencia de un libro maldito nos recuerda a Lovecraft, pero la maldad que de ahí se des­prende es muy distinta a los dio­ses ancestrales de H. P. L.

Margery Allingham (Londres, 1904-1966) creó al investigador Al­bert Campion, lejos del investigador clásico. Aunque lucha y es inteligen­te, siempre parece estar perdido. En­gaña a sus amigos y es capaz de con­juntar en una trama las constantes detectivescas: lo sobrenatural (en El signo del miedo hay un satanista), las intrigas internacionales por dine­ro y posiciones estratégicas europeas, las peleas, la diferencia de clases en Inglaterra y las mujeres maravillo­sas de las cuales se enamora, junto con el lector (Biddy en Mystery Mi­le y Amanda en El signo, para em­pezar). Cita a Shakespeare pa­ra burlarse de él. Probablemente Margery es la mejor escritora de detectives de su generación, así como una inspiración aceptada por Agatha Christie.

Por su parte, John D. Mac­Donald creó al detective Travis McGee, prototipo del esforzado investigadorque vive en su bar­co de Florida y quien no rehúye dificultades, ya sea de mujeres golpeadas o de intrigas empre­sariales internacionales, en las que se es capaz de secuestrar y drogar personas para seguir ro­bando. Muy agudo en su ojo crítico estadunidense, Travis se molesta por las formas sociales y el maltrato a grupos en des­ventaja dentro de una sociedad donde se publicita el bienestar como característica y la libertad como objetivo mayor. Su análi­sis de Estados Unidos se basa en los detalles cotidianos y en la in­fraestructura destructora del in­dividuo. Adiós en azul y Pesadi­lla en rosa son magníficas.

 SEPA MÁS
Las voces del detective

“La tormenta abortó como un vulgar proyecto de refor­ma fiscal.”

“Oiga, señor Bruma, ¿siem­pre es tan estúpido o es su forma de conquistar a las mujeres? Conozco algunas a quienes les encantan los idiotas. No soy de ésas y es­tá tomando un camino muy equivocado conmigo.”

“–…Una verdadera

novela, ¿no?

–Desde luego –convine yo–. Y en sus textos, ¿se encuentran rastros de esas peripecias?

–No. Habla sobre todo de senos de mujer…

–Quizá sufra un complejo mamario –sonreí.

El doctor me miró de soslayo.
–¡Deje en paz nuestro voca­bulario, hombre! Hasta noso­tros tenemos dificultades pa­ra aclararnos.”

“Los vegetarianos, aunque no comen carne, se permiten co­mer huevos y derivados de la leche. Los vegetalianos, en cambio no comían (hablo de los que conocí, no sé si toda­vía existen) más que vegeta­les con un poco de aceite para darles sabor.

Y aun ésos no eran los puros. Había uno que pretendía que la única forma racional de con­sumir la hierba era pastando a cuatro patas en un campo”.

Leo Malet