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La Vida domingo, 02 de mayo de 2021

CRÓNICA

Maltrato: La huella que deja la violencia en los niños

  • Maltrato: La huella que deja la violencia en los niños

    Clases de bailes de salón en el Centro de Acogida Socioeducativa y Musical (CASEM) de Tulear (Madagascar).

  • Maltrato: La huella que deja la violencia en los niños
Noor Mahtani
Tomado de El País
Madrid, España

Tenía ocho años y muchas ganas de ir al servicio. El guardián de la llave de los baños de su escuela era su hermanastro, de 20, quien se ofreció a acompañarla para que no fuera sola por la noche. Una vez dentro, la encerró y la violó brutalmente mientras ella gritaba y pedía ayuda. Esa agresión sexual le provocó una perforación entre vagina y vejiga –lo que se conoce por fístula obstétrica– y, con ello, una incontinencia permanente que la ha avergonzado hasta hace muy poco. Hoy Larisa tiene 20 años y la fuerza de un huracán. Ya no se siente excluida por el mal olor que desprende su enfermedad.

Su único objetivo es que ninguna de sus hermanas pequeñas pasen por algo similar; que lo que le sucedió “sirva para algo”. Esta superviviente malgache de rostro sereno e infantil es la matriarca de una familia de seis miembros, sin figura paterna a la vista y con una madre alcohólica, que lucha por salir adelante. Larissa es la esperanza de los pequeños que vienen detrás y la cara de la resiliencia. Hoy que se celebra el Día Internacional de la Lucha contra el Maltrato Infantil, su mensaje es más claro que nunca: “Denúncialo”.

Aunque intenta ser optimista y no hundirse con su pasado, su vida no es fácil. Conoce de cerca varios tipos de violencias. La falta de una red familiar segura la obligó a hospedarse en el hogar social de la ONG Agua de Coco, ubicada en Tulear, en la costa suroeste de Madagascar. “Me sentí a salvo”, recuerda por videollamada en las oficinas de la entidad. Pero no siempre: su madre intentó varias veces sacarla de allí y prostituirla, pero se negó. Una y otra vez: “No quería hacerlo, prefería estudiar”.

Sin embargo, con 16 años decidió dejar el hogar y volver a su casa para cuidar de sus cuatro hermanos. “El más pequeño tiene nueve años. No podía dejarlos solos con ella”, dice en alusión a su progenitora. Ahora se dedica a la kibaroa, trabajos informales y de pagos diarios. Y se gana la vida como puede. José Luis Guirao, presidente y fundador de la ONG, matiza: “Si al final del día.

La pobreza es la zancadilla de esta generación. Y es enorme. En Madagascar, casi siete de cada diez niños sufre escasez de recursos necesarios para su bienestar. Además, el 27% de los pequeños que crecen en las zonas rurales sufren la pobreza extrema. Así lo desglosa el último informe de Unicef en la isla, Múltiples privaciones de los niños en Madagascar, publicado en octubre pasado.

Guirao lleva 19 años en Madagascar y lamenta que los casos que reciben sigan siendo los mismos: “Niñas prostituidas, o violadas, niños jóvenes sin oportunidades, drogas… La infancia aquí es muy difícil”. Por eso la entidad, fundada en Camboya en 1994, trabaja para proporcionar espacios seguros para los menores de edad y adolescentes. Además del albergue en el que vivió Larisa –con capacidad para 40 pero con un aforo actual de 75– organizan talleres culturales de baile, capoeira y música, además de apoyar la formación educativa.

El Centro de Arte y Música contaba a finales de 2017 con más de 600 estudiantes, que antes de la pandemia realizaban giras por otros países africanos y Europa con eventos centrados en la temática que les unía: prostitución infantil, embarazo no deseado, desigualdad de género y personas discapacitadas, el trabajo infantil o el abandono escolar. “Estamos dando pasos hacia adelante, pero somos conscientes de todo lo que queda por hacer para que estos niños crezcan en entornos sanos. Y sin miedo”, añade.

Año tras año, Guirao es testigo de la fuerza del ocio. “Me acuerdo de cuando Larisa venía a bailar. Era muy chiquitita y graciosilla. Y bailaba muy bien”, cuenta, “A ella le sirvió para recuperar la ilusión. A otros les ayuda el fútbol o el arte. Estamos en medio de un estudio para poder medir el impacto de la cultura y las redes que tejemos en los menores de los países del sur. Por ahora te diré que a nivel individual cambia vidas”.

Para Jamila las clases de danza de salón fueron la pomada de todas sus heridas. Cuando era apenas una niña, vivía en el pueblo rural del interior en el que no hay electricidad ni agua corriente. Una noche, con apenas 11 años, salió de su casa hacia los baños, ubicados entre malezas y un “señor mayor” la violó. Nadie escuchó sus gritos. Al volver a casa, no lo contó por miedo y por la vergu¨enza. Pero el escozor al orinar y la incomodidad constante que le provocó la agresión hizo imposible el secreto. “Solo se lo conté a mi madre”, recuerda esta dulce chica que hoy tiene 25 años. “Ella me apoyó y me dijo que se pasaría”. Tardó años en volver al baño sola. Y al hombre no lo denunciaron. “No sabía quién era él. ¿Qué le íbamos a decir a la Policía?”, se pregunta. Pero cuando piensa en otras víctimas, no lo duda: “Denuncia. Pide ayuda y denuncia para que no le pase a más gente y para sacar ese demonio de dentro”.

Esta joven se negó a perder su adolescencia. “No quería vivir una vida anormal solo por lo que me pasó”, repite una y otra vez Jamila. Así que se apuntó a clases de baile de la ONG y este resultó ser un antídoto contra el miedo a los hombres y al contacto. “Me gustaba relacionarme con otra gente y no sentirme amenazada, que un chico me sacara a bailar y me tratara con respeto”, explica.

Cuando regresa los recuerdos traumáticos –pues siguen volviendo– intenta ignorarlos: “Pienso en otra cosa para calmarme”. Su mayor distracción y orgullo es su pequeño bebé de apenas un año y un marido que la cuida. “Él supo de lo que me pasó y no me lo recriminó”, cuenta y sin querer muestra ese otro estigma. Ahora sueña con seguir haciendo crecer su familia. Larisa aspira a volver a estudiar y convertirse en una buena matrona. Sus vidas son hoy mucho más que esos horribles episodios de violencia, aunque olvidarlos sea ya otra cosa.