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La Vida viernes, 04 de diciembre de 2020

COSAS DE DIOS

El consejero

  • El consejero
Alicia Estévez
alicia.estevez@listindiario.com

Hace mucho tiempo aprendí que es un error la creencia de que a Dios solo debemos pedirle grandes cosas. En la cotidianidad, ante los desafíos de la vida, las miserias propias y las ajenas, también podemos clamar por su auxilio. Él siempre responde.

Los mangos
La primera vez que escuché decir a alguien que todo se lo pedía y consultaba a Dios, incluso lo más insignificante, fue a una señora muy humilde. Ella me contó que, camino a su casa, había suspirado por unos mangos; pero, como no llevaba dinero encima, no los pudo comprar. Entonces, le dijo a Dios: Mira, Señor, lo lindos que están esos mangos. Al llegar a su hogar, alguien le había llevado un regalo. ¿Adivinan? Sí, unos mangos.

Por cualquier vía
En mi caso, con frecuencia, le pido orientación al Señor para enfrentar situaciones o tomar alguna decisión. Él nunca ha ignorado mis súplicas. Eso sí, tomo en cuenta que su respuesta puede llegar por cualquier vía. De manera que, cuando se le pregunta, es importante permanecer atentos porque su palabra de discernimiento, que aprendes a reconocer, te sorprende en boca del emisor más inesperado. Les cuento un hecho específico.

La espinita
Estaba a punto de enfrentar a una persona que me atacó por la espalda. Le pedí a Dios consejo. Me pasé casi un día con la espinita clavada por aquel asunto. Horas más tarde, al entrar al chat de un grupo, del que estaba considerando salirme debido a la gran cantidad de mensajes que envían, recibí la respuesta. Allí, en aquel chat, y enviado por una persona a la que no conozco, encontré la Fábula del Regalo. Me servía como mandada a hacer.

La fábula
Esta fábula cuenta que un samurai preguntó a sus discípulos: Si alguien se acerca a ti con un regalo, y tú no lo aceptas, ¿a quién pertenece el regalo? Uno de los alumnos respondió, que a quien intentó entregarlo. El samurai les dijo, pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos. Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo. De manera que decidí dejar en las manos de esa persona el regalo que pretendía entregarme. Luego, le di las gracias dobles a Dios, porque no rechacé el regalo que Él me había enviado borrando ese mensaje sin leerlo y por mostrarme el camino en medio de esa situación pequeñita para la que, como en los grandes problemas, Él también tenía la respuesta correcta.