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La Vida miércoles, 28 de octubre de 2020

FÁBULAS EN ALTA VOZ

¡Ay las referencias!

  • ¡Ay las referencias!
MARTA QUÉLIZ
marta.queliz@hotmail.com

 Buenas o malas, las referencias que al­guien ofrece sobre nosotros, nos sal­van o nos condenan. Estas se dan se­gún nos comportemos o se comporte quien las ofrece. Claro está, por mal intencionada que sea la persona que habla sobre nosotros, si bien actuamos, se le hará difícil alterar nuestras virtudes ante los demás. Por más que in­tente, algún dato suelto le quitará la razón.

Se la ponemos fácil
Es bueno que se entienda que veces, los mal inten­cionados somos nosotros. Asumimos una forma de ser tan dañina, tan detractora que no le dejamos a otros más que dar malas referencias sobre lo que somos y lo que hacemos. En República Dominica­na abundan estos ‘relacionistas públicos’ gratuitos y sin título universitario, y por eso es que se hace necesario que recapacitemos sobre lo importante que es tener un buen desempeño personal y pro­fesional.

Lo que Juan dice de Pedro…
Esta es una frase que muchos conocemos y, que aun gastada, tiene tanta razón: Lo que Juan dice de Pedro, dice más de Juan que de Pedro. ¿Pero qué sucede? Sencillamente que Juan está tan afa­noso por dar “referencias” sobre Pedro que olvida que está facilitando las suyas. En la ciudad fabulo­sa donde los invito cada miércoles, esto no sucede. Allí solo se usa destacar las virtudes de los demás. De sus defectos, sus errores, sus delitos se encarga la justicia Divida.

Destaquemos lo bueno
En ese lugar fabuloso, se acostumbra a hablar pri­mores sobre el prójimo. Al hacerlo, quedamos no­sotros impregnados de ese buen aroma, la gente nos ve como personas sensatas, humildes y, sobre todo, como seres que no conocen la envidia ni el egoísmo. En este lugar, las referencias hablan bien de Juan y de Pedro.

Copiemos el ejemplo
Hoy los invito a que, al regresar de ese paraíso fa­buloso, lo hagamos habiendo tomado las mejores enseñanzas de esa gente que admira a sus familia­res, amigos, vecinos y conocidos. Que no se avoca a emitir juicios destructivos porque está conscien­te de que al final, el que verdaderamente nos juz­ga, sabe al dedillo quienes somos, y no necesita de referencias.