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La Vida sábado, 08 de agosto de 2020

Edifica con tus palabras

  • Edifica con tus palabras

    Montserrat Bogaert

Santo Domingo, RD

 ¿Por qué, entonces, críti­cas a tu hermano? ¿O tú, por qué lo desprecias? To­dos tendremos que presen­tarnos delante de Dios, para que él nos juzgue. Romanos 14: 10

Si el hombre pudiera ver­nos como Dios nos ve, las críticas no existirían, des­aparecerían completamen­te de nosotros. De esa for­ma dejaríamos de hacer tanto daño y causar tanto dolor sin necesidad, porque cuando levantamos nuestra voz para juzgar, esto da lu­gar a una serie de sucesos posteriores, lo cual será im­posible controlar si no lo de­tenemos.

La crítica es producto de nuestro propio concepto, del cual creemos que es lo correcto. Esto provoca que demos riendas sueltas a lo que pensamos sin escati­mar el daño emocional y espiritual que causa. A ve­ces, somos intolerantes an­te los hechos de los demás y nos revelamos de una for­ma en que hacemos daño, enjuiciando lo que hacen. Tenemos que saber que las críticas no son buenas y, si tenemos el corazón de Dios, ¿cómo podemos actuar de esa manera? Esto demues­tra que pocos Lo conocen, porque cuando Lo conoce­mos cambiamos nuestra ac­titud hacia los demás.

Con criticar no se consi­gue algo bueno, sino que se expande el mal dando ori­gen al rompimiento de los lazos de amistad, de la uni­dad conyugal y de las rela­ciones familiares. Antes de criticar recordemos que to­dos nos presentaremos de­lante de Dios para ser juzga­dos. Qué pena sería ver que alguien a quien tanto criti­camos está mejor delante de Dios que nosotros mis­mos. Si hablas, hazlo para edificar y no para destruir, porque somos portadores de bendición, no de maldi­ción.