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La Vida miércoles, 01 de mayo de 2019

FÁBULAS EN ALTA VOZ

Invadiendo la privacidad

  • Invadiendo la privacidad
Marta Quéliz
martha.queliz@listindiario.com

No hay nada más espinoso que irrumpir en la vida de los demás como si fueran objeto y propiedad de quien rompe las reglas de la privacidad. Intervenir un teléfono es algo indecoroso, sin importar que lo haga quien paga ese servicio. Todo ser humano tiene derecho a salvaguardar su criterio, su verdad, su información, sus secretos, sus miserias, y en fin, su vida.

No estoy de acuerdo
Cada vez que me entero que el celular, el teléfono residencial o empresarial de alguien ha sido “pinchado” como se dice ahora, me molesta. Siento que esa acción es la misma que entrar a la casa de alguien sin permiso y revisar hasta la “basurita” que se tiene en los rincones. Lo pienso, y me pongo en el lugar de quienes han sido víctima de esta mala práctica.

En la ciudad fabulosa
Allí me trasladé para explorar la forma en que se le da seguimiento a un caso específico, y lo primero que observé es que para lograr los resultados buscados, nunca se incurre en la mala práctica de invadir la privacidad de la gente. Prima la honestidad y la seriedad. Si se hace necesario investigar a algún mortal, se investiga y punto. La ley marca la pauta.

Cero persecución
No se juega con la intimidad de alguien, así se descubra que es un antisocial de baja calaña. Para escudriñar en su accionar y en su vida se deben seguir los reglamentos judiciales, y atender a causas muy justificadas. Nunca porque a cualquier persona le dé la gana de seguirle los pasos a alguien por nimiedades, por suspicacia, por antojo o por cualquier otra razón de poca contundencia. La privacidad en esta ciudad fabulosa se respeta, no como en República Dominicana, donde según dicen, todos podemos ser objeto de persecución mediante nuestros teléfonos.

Una invadida realidad
Y, como en nuestro país esta práctica está de moda, lo aconsejable es “pisar fino”, actuar con honestidad. Como decía mi padre, que en paz de descanse: “Si usted acepta trabajar por un peso, cumpla por ese peso”. Así que no sé si en algún momento he sido víctima de esta tediosa invasión, pero si así es, no tendría nada qué temer. Sería incapaz de darle de comer a mis hijos con un dinero mal habido. Pero aún así, me molesta que alguien entre a mi vida sin permiso.