Orientación

¡Dime cuánto hablas y te diré cómo están tus emociones!

  • Ejemplo. El cuento citado en este artículo dice que mientras más vacía está la carreta, más ruido hace.

Olga María Renville *
Santo Domingo

¿Quién no se ha encontrado en algún momento de la vida, frente a una persona que habla “hasta por los codos”? No importa cuál sea el tema, siempre tiene algo qué comentar.

En ocasiones hemos escuchado personas expresar no tener control sobre sus palabras e incluso arrepentirse por haber expreado un comentario precipitado o fuera de lugar. “No tendría que haberlo dicho”. Este es uno de los pensamientos más comunes que aparecen después de haber realizado un comentario desafortunado que ha favorecido una situación incómoda.

Aunque hablar sirve para relacionarnos, para algunas personas no es sencillo determinar cuándo es el momento de callarse y escuchar. Al hablar, quedan al descubierto, algunas cualidades que definen la personalidad del individuo: la vocalización, la expresión corporal, los gestos, etcétera, convierten a una persona en alguien único, le distinguen de sus semejantes.

Cuando hablamos, ocupamos el centro de las miradas, nos convertimos en protagonistas, en dueños de las palabras que forman el relato. Sin embargo, el hecho de abusar de esta condición de locutor, de dominar y anular las posibilidades de la conversación al convertir al receptor en un participante pasivo, en ocasiones es signo de que hay un trastorno en la personalidad, necesidad de atención o escaso control de las emociones.

Dentro de algunos aspectos de la personalidad podrían destacarse caracteres narcisistas donde su percepción del entorno gira siempre alrededor de ellos o, incluso, personas que hablan sin parar para encubrir su ignorancia en determinados temas”.

El factor común en todos los casos es que esa ansiedad crónica transformada en elocuencia acaba perjudicando la vida social del afectado, impidiéndole desarrollar relaciones normales y equilibradas que aporten valor a su existencia.

El ser humano se diferencia de las especies por su capacidad de comunicarse conjugando la emoción y la razón. De esto se trata la inteligencia emocional, sin embargo, en algunas ocasiones hemos sido testigos de personas que parecen perder la conexión entre sus emociones y la capacidad de razonar y comunicarse.

De igual modo una persona hiperactiva o que maneje altos niveles de ansiedad, y no tenga conocimientos de cómo controlar sus emociones, suele ser esclavo de sus palabras o desarrollar verborrea (término con que se identifica esta patología que consiste en hablar sin control hasta quedar exhaustos).

A modo de conclusión me gustaría compartirles este cuento reflexivo respecto a la importancia de crear un equilibrio interno emocional, que nos ayude a tener mejor control y elegir de forma sana lo que decimos y lo que callamos.

“Caminaba despacio con mi padre, cuando él se detuvo en una curva y, después de un pequeño silencio, me preguntó: ‘Además del canto de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?’.  Agucé el oído y le respondí: ‘Oigo el ruido de una carreta’. ‘Eso es -dijo mi padre-, una carreta, pero una carreta vacía’. Pregunté a mi padre: ‘¿Cómo sabes que está vacía, si aún no la hemos visto?’. Entonces mi padre respondió:  ‘Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía: por el ruido. Cuanto más vacía va la carreta, mayor es el ruido que hace’”.

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La autora es respecialista del centro Psicológicamente