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La Vida jueves, 08 de noviembre de 2018
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Conmemoración

Una noche para recordar

  • Una noche para recordar

    Tema. Se concentran en hablar del amor como fundamento esencial de una familia.

  • Una noche para recordar
  • Una noche para recordar
México

La celebración del Día de los Muertos, en México, no comienza la noche antes como creí, o los días antes, con las Calendas. En realidad empieza meses antes, vale decir julio, pues  es cuando empieza a trabajarse la siembra de las Flores Cempasúchil que serán cosechadas en octubre, para ser usadas en esta celebración.

Esta variedad de flores que también se le conoce como Claveles de Muerto, de un color naranja intenso, son el insumo principal de este día, ya que en todas las calendas, en cada altar y en cualquier lugar, durante los días previos y posteriores al Día de los Difuntos, estarán adornando con sus pétalos y aroma, tumbas y ciudades, permaneciendo así viva la leyenda de que ellas, como representantes del sol,  transmitían calor y guía. De ahí que desde tiempos inmemoriales estas sean el principal adorno de los panteones y los caminos de los cementerios.

Así pues, días antes comienza la preparación de los altares, que pretenden honrar la memoria de los seres queridos. Ni siquiera los restaurantes quedan exentos. En los parques y en cada rincón un puchado de cempasúchil toma forma y deviene en arte. En aquellas casas donde ha habido la pérdida de un familiar antes del mes de julio, habrá un altar en memoria de su fallecido, con veladoras, flores y sus recetas preferidas, alimentos que luego serán compartidos en la mesa, en familia, al día siguiente.

En las calles, Las Calendas por su parte hacen lo suyo. Como en los tiempos aquellos cuando los Frailes Dominicos enseñaban a los indios el catecismo, echando mano a la herramienta visual de las marmotas. Ahora, los mexicanos enseñan a los extranjeros que le visitan sus ritos y costumbres, usando las mismas técnicas. Cada Calenda, vale decir, procesión, empieza pequeña, precedida de su marmota y su gigante, y va creciendo según transita, alimentándose de transeúntes, observadores  locales y foráneos, que ya se han vestido para la ocasión. Porque como en siglos pasados, estas  Calendas pretenden enseñar, por lo que,  además de la música, que nos habla de despedidas, vienen acompañadas de muchas perrsonas que se visten y se adornan con el símbolo de la muerte, en un intento de hermanarse con ella, de sentirse cerca de aquellos que nos han precedido; o quizás, de hacernos conscientes que la muerte  es el futuro paso de esta vida.

Con el escenario preparado, llega la noche, y la soledad se marcha de los cementerios. Específicamente en el de Xoxotitlan, donde pasamos la noche, vimos los pequeños grupos convertirse en multitudes y el cementerio transformarse en el escenario de una gran fiesta de amor y tradición. No faltó nadie. Recién nacidos, niños, jóvenes, ancianos. Es una festividad sagrada, donde ningún impedimento físico abstenía a nadie de participar; por eso, con los recién nacidos llegaban los coches y frazadas; y con los ancianos, sillas de ruedas y andadores. Los extranjeros atónitos, solo podíamos contemplar.

Las familias llegaban todas listas para preparar la tumba de su familiar o amigo, por lo que, entre las cosas que traían no faltaban las recetas familiares preferidas por algún ancestro, cubetas para cargar agua, fotos, y sobre todo, historias para contar a los más pequeños.

Y así como lo más natural, fluían las conversaciones y los cuentos. Las familias se iban completandoÖ algunos llegaban primero a ocuparse de la decoración, los que cocinaban llegaban más tarde, platos en manos. En aquellas tumbas en que descansaba un músico, pues música no podía faltarÖ. Y así en cada paso había la historia de una vida, que aún muerta, seguía viva pues estaba sembrada en corazones que aún latían.

Las escasas tumbas que quedaban sin visitantes, en un gesto infinito de solidaridad, eran decoradas por los vecinos, como se les llamaa los que tienen tumbas contiguas, cuyo gesto se constituía también en el oficio primario de los extranjeros, que queriendo participar en algo mejor que no fuera  importunar su privacidad con los flashes de nuestras cámaras, comprábamos cempasúchil y torpemente tratábamos de acomodarlos en las tumbas, con gracia.

Me acordaba de algunas discusiones previas, sostenidas con amigos, que no entendían porqué era tan grande este día en México, y sobre todo, que podría tener de interesante venir a compartirlo.  Palabras como Maniqueísmo, Espiritismo, y muchas otras de similares connotaciones habían quedado fuera, luego de que habíamos sido testigos.

Entendí  porqué algunos pueblos son grandes y otros se diluyen en el tiempo. Cuando vi niños explicando quien había sido su abuelo, y a jóvenes recordando a su abuela, supe que, a esta tradición le quedan siglos por vivir, porque  está sembrada en las raíces del ADN de cada mexicano. Comprendí además, que así como antes, desde Europa vinieron a enseñarnos a Cristo, venimos a México a entender esta celebración, descubriendo el origen de todas las cosas: EL  AMOR. El amor como fundamento esencial de una familia. La familia y los valores que son los que aportan a sus individuos como entes y cualidades esenciales de una nación.

Porque lo que vimos anoche fue la celebración de valores primarios y eternos: amor, gratitud, fe, esperanza y solidaridad.

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