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La Vida viernes, 13 de julio de 2018
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COSAS DE DUENDES

El joven testigo

  • El joven testigo
Alicia Estévez
alicia.estevez@listindiario.com

Para nosotros, los humanos, el árbol de Guayacán ya era viejo, cien años debía tener, pero la verdad es que en el mundo de estos árboles, llamados a existir por siempre, apenas empezaba a vivir.

El caso es que él estaba allí, cuando llegaron. Los vio atracar, asombrarse de la belleza del entorno, cavar la tierra y extraer piedra caliza; fabricar ladrillos y construir casas. Todo era nuevo, ahora, en el mundo que había conocido el Guayacán y en el de muchos de los presentes. Los nativos semidesnudos, descubrían otro idioma, naves enormes y armas temibles en las manos de unos hombres cuyo color de piel era otra novedad, blanco.

Para los forasteros, aquella tierra deslumbrante, sus aguas, su belleza, su gente pacífica, pequeña y hospitalaria, también lo era.

Empezaba en el hogar del Guayacán la urbanización y la conquista de un nuevo mundo, Además, su evangelización y, de eso, este árbol fue testigo excepcional. Junto a sus ramas construyeron la primera iglesia dedicada  a la advocación mariana de la Virgen de Monserrate.

Terminada la iglesia, un día de reyes de 1494, el padre Bernardo Boyl, delegado del papa Alejandro VI para difundir el cristianismo entre los nativos, apareció radiante con las galas requeridas. Tocado por púrpura y rodeado de otros doce religiosos, como él, repitió el ritual que Jesús dejó instaurado un Jueves Santo, la bendición del pan que se convierte en Su cuerpo y Su sangre.

Los taínos presentes en aquella primera misa de sus vidas, y de la vida del continente Americano, no entendían las palabras de los curas pero sí, sus gestos  y las  imágenes de las que se valieron para hacerles llegar el mensaje. Sembraban así la semilla de la fe. Cien años más tarde, la voz de un hombre con sotana, la de fray Antón de Montesinos, se alzaría para defender a aquel pueblo cristianizado. Porque, aunque no lo supieron hasta ese lejano día de reyes, ellos también eran hijos de Dios.

Lo que les cuento pasó en La Isabela, en nuestra bella Puerto Plata. Si lo dudan, en pie sigue un testigo, el guayacán que,  a casi 525 años de aquel día en que nuestro país recibió su primera comunión, todavía no empieza a ponerse viejo. 

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