FÁBULAS EN ALTA VOZ
La Virgen de la Altagracia
No me gusta tratar temas relacionados con la religión. La razón es sencilla: cada quien tiene un parecer diferente respecto a los distintos aspectos que conforman esta actividad humana. Sin embargo, hoy quiero llamar la atención respecto al Día de la Altagracia, que los católicos celebramos en esta fecha. Traigo el tema a colación porque mi madre, que en paz descanse, era devota de nuestra madre protectora espiritual. Recuerdo cuán grande era su fe en ella, así como el respeto y la confianza que, en cada petición que le hacía, dejaba al descubierto. Hoy, con tristeza, observo cómo han cambiado las costumbres, incluso las religiosas. Por eso me transporté a una ciudad fabulosa donde mientras más pasa el tiempo mayor es la devoción hacia la Virgen. Allí el 21 de enero es tan sagrado que nadie osa disfrutarlo como un día de fiesta común y corriente. Quienes no pueden ir a la Basílica a rendirle honor acuden a cualquier santuario donde puedan agradecer los favores de ella recibidos o solicitarles los requeridos. En esta ciudad, no hay quien se atreva, aun sin ser devoto o seguidor de la religión católica, a tomar el día para embriagarse hasta más no poder y salir a la calle a provocar accidentes. Nadie se atreve a irrespetar esa fecha sagrada para la mayoría de la población, y mucho menos se permite que los políticos aprovechen el día festivo para hacer campañas proselitistas como lo han hecho en años de elecciones, aspirantes al gobierno y a otras posiciones, algunos dominicanos. Con este recuerdo, volví a la realidad que vivimos en el país, donde se ha perdido casi por completo el respeto a la fechas religiosas. Antes era tan sagrado el Día de la Altagracia que los comercios cerraban sus puertas, independientemente de su religión. Hoy en día vemos cómo algunos continúan laborando y, por supuesto, obvian la inclinación de algunos de sus empleados que tienen por tradición celebrar el Día de la Altagracia. Hasta el momento, la versatilidad del calendario festivo del país mantiene sin variación el movimiento de la fecha. Eso es positivo. No obstante, ello poco importa para quienes independientemente de este día sagrado, continúan su ajetreo diario, toman el día para beber en las esquinas y, en fin, restan total importancia a esta fecha que, al menos para mí, sigue siendo sagrada. Cuánto me gustaría vivir en esa ciudad fabulosa donde se mantiene viva la devoción a nuestra protectora.

