COSAS DE DUENDES
Cien años
Mi papá, Cuto Estévez, nació el 24 de noviembre de 1913. Habría cumplido cien años hace mes y medio. Nada menos que un siglo de su llegada a este mundo cuya estadía, espero, no haya sido tan amarga. Reconozco que no lo entendí hasta que empecé a leer una obra que documenta la historia del bolero, esa melodía que tanto escuché de niña y que mis hijos casi desconocen. El libro se llama “El Bolero, visiones y perfiles de una pasión dominicana”, escrito por Marcio Veloz Maggiolo, Pedro Delgado Malagón y José del Castillo. Fue auspiciado, en el año 2005, por la telefónica que en ese momento se llamaba Verizon y ahora es Claro. La edición llegó a mis manos a través de don Virgilio Ortiz Bosch, quien fue amigo de mi padre. Se lo agradezco porque me ha regalado una joya. Estoy aprendiendo. Ahora sé que el bolero llegó desde Cuba en la voz del cantor cubano Sindo Caray, un bohemio como fueron muchos de los que le precedieron, incluyendo a mi papá, que aparecen en el libro y de los que mi padre hablaba con familiaridad, como Piro Valerio, Bullumba Landestoy, Juan Lockward, Alberto Beltrán o Papa Molina. Este último, además, era su primo hermano. Hay muchísimos más. Ellos vivieron una época oscura, la de la dictadura de Trujillo, pero a la vez enriquecedora desde el punto de vista creativo. El bolero, que arribó aquí casi con el siglo XX y fue descollando hasta alcanzar su cúspide en las décadas del 40, 50 y los 60, marcó la vida de mi padre que, ella misma, fue como un bolero. Con tragedia incluida. Era hijo de una de las primeras víctimas del trujillismo, el mocano Elisio Estévez, asesinado cuando mi papá era aún adolescente. No siguió los pasos del abuelo, su pasión fue la música. Se atrevió a emigrar hacia Venezuela, a los 23 años, junto a Billo Frómeta, con una orquesta que se llamaba “Presidente Trujillo”. Ya en Caracas le cambiaron el nombre a “Billo and Happy Boys Orquestra”. El libro que estoy leyendo cuenta que esa agrupación llevó nuestra música a gran parte de América Latina. Supongo que eran esos tiempos los que recordaba mi papá cuando lo arropaba la nostalgia escuchando boleros. Rara vez ponía “Todo me gusta de ti”, la composición que lo colocó en la antología del bolero dominicano. Cuando murió, hace 28 años, sabía poco de él, de sus dolores y errores, y de su pasión por la música. Ahora que estoy aprendiendo, podríamos hablar tanto… Ojalá y, en la otra vida, Dios permita que nos reencontremos para contarle que ya lo entendí y desearle unos felices cien años, los que nunca le vi cumplir.

