COSAS DE DUENDES
Isabel
Era un viaje de trabajo que, sin embargo, olía a paseo. Fui invitada como reportera, a Barahona, para cubrir un encuentro convocado por un organismo extranjero. Me parece que el tema a discutir trataba sobre el papel de la juventud, o algo así. Ahora no recuerdo mucho el asunto que nos convocó. Pero en ese viaje, similar a muchos otros que he realizado durante 20 años de ejercicio periodístico, encontré algo que no andaba buscando. Como les ocurre a algunas mujeres, que en la fiesta a la que no querían asistir se topan con el amor de su vida, bañadito, perfumado y dispuesto a bailar. Yo me tropecé de frente, apenas entrar en el autobús, con una amiga para toda la vida. Estábamos sentadas en asientos paralelos. Fue un clip instantáneo. Empezamos a hablar como dos cotorras. La conversación arrancó porque había escuchado sobre ella en el trabajo que tenía entonces en el área de comunicación del Museo de Arte Moderno. Isabel López ocupó el puesto antes que yo y luego tuvo la dicha de marcharse a estudiar a España. Cacareamos, nos reímos y llegó un momento en que los demás pasajeros en el autobús nos miraban casi con resentimiento porque debieron notar la empatía que surgió entre ambas. Ese día supe que, así como hay amores a primera vista, también hay amistades a primera vista, surgidas de un flechazo, pero que no mueren como tantas otras que quedan en el camino. Mucha gente ha entrado y salido de mi vida en casi dos décadas de aquella conversación que duró cuatro horas y se extendió por dos días. No hemos sido las amigas perfectas. Hay diferencias, a veces reproches, pero nada ha removido los cimientos del afecto sembrado a partir de aquel encuentro casual. La vida nos tenía preparadas pruebas similares que hemos debido enfrentar facilitando una a la otra los “apuntes” para sortearlas lo mejor posible. Por ejemplo, ella tiene a su Anita y yo tengo a mi Javier. Dos seres superiores a los comunes y corrientes que caen dentro de la clasificación de niños con discapacidad, aunque a veces, al oírlos, creo que los discapacitados somos nosotros, los “normales”. A Isabel la he visto luchar por Ana como a ninguna otra madre. Sabe todo lo que tiene que saber sobre las limitaciones de su hija, busca hasta donde tiene que buscar, lee, y empuja hasta donde le dan sus fuerzas y más... Muchas veces, es ella quien me ha orientado sobre lugares donde puedo encontrar gente que trabaje para ayudar a mi hijo en su desarrollo. Su cara linda, y la de su bella Ana, están en casi todas las fotos de mis fiestas de cumpleaños y en las de mis hijos. Mi hija Laura le explicaba el otro día a su hermano menor, Jorgito, que ella quiere a Ana, porque Anita había estado presente en toda su vida, desde que era chiquitita. Así que les hemos heredado a nuestros hijos ese afecto que ha soportado pruebas de fuego. Y del que hoy doy testimonio para mostrar que el mundo no es solo un lugar de malas noticias.

