COSAS DE DUENDES

¿Salvadores?

Al mundo se le acaba de abrir una nueva herida. Está sangrando por Libia. Niños, mujeres, anciano, soldados, criminales, intelectuales, analfabetos, bromistas y serios, riegan con su sangre la tierra de ese país igual que pasa en Irak, Afganistán y Yemen. Como ocurrió en Egipto. La hemorragia no se detiene. El cuerpo de la humanidad luce lleno de vendajes y el médico llamado para buscar la cura llega, ¡oh ironía! armado también con bombas, ametralladoras y granadas, instrumentos para quitar vidas, no para salvarlas. De nuevo, como cuando dos niños pelean, ante el conflicto interno de una nación, un organismo internacional, encabezado por Estados Unidos, vuelve a intervenir para defender al más débil. La OTAN está bombardeando a Libia. Leemos eso y pensamos que, ¡por fin!, Moamar Gadafi pagará por sus crímenes y robos contra los ciudadanos y el estado. Pero, mientras tanto, las bombas caen sobre casas construidas, tal vez, con amor. Propiedades que pueden ser lo único que tenga una familia. Y, al impactar estas construcciones, no sólo dejan a la intemperie cientos o, tal vez, miles de ciudadanos, también los matan. Porque las bombas, aun las inteligentes, no discriminan. De ahí que haya un gran número de víctimas del llamado “fuego amigo”, cuando se equivoca el soldado y las bombas no son capaces de reconocer el uniforme del aliado. Menos aún a los civiles desarmados, ni a las madres con sus niños. Y es que el infierno se abate sobre un país en guerra, cuyas ciudades son bombardeadas. Ningún lugar es seguro. Conseguir agua y alimentos conlleva jugarse la vida. Los delitos, abusos, violaciones de mujeres, y todo lo que desdice de lo mejor del ser humano, se multiplican. De hecho, mientras las bombas de la OTAN caen en Libia, un grupo de soldados norteamericanos enfrenta una investigación por unas fotos horrendas publicadas en la revista Rolling Stone. Allí se ve posando al soldado Jeremy Morlock, de 24 años, quien sostiene por los cabellos el cadáver de Gul Mudin, un niño de 15 años. Morlock, un muchacho buenmozo, de apariencia inofensiva que, no obstante, antes de estrenarse en Afganistán, matando a un niño al que exhibió como un trofeo, había quemado con cigarrillos a su propia esposa. Era un joven problema que, tras sufrir un accidente estando ebrio, abandonó a los heridos. El escenario de la guerra le brindó la oportunidad de traspasar todos los límites. Ahora está condenado a 24 años de prisión por sus crímenes. Pero esa pena se podría reducir sustancialmente debido a que llegó a un acuerdo para acusar a sus compañeros de pelotón, en la compañía Bravo, destinada en las inmediaciones de Kandahar, quienes disfrutaban de acciones atroces como mutilar cadáveres. Y, por supuesto, se pasaron unos a otros las imágenes de las “hazañas” junto con películas y videos musicales. Soldados como éstos, junto a otros honorables y rectos, no lo dudo, puede que lleguen a pisar la ensangrentada tierra Libia para “salvar a sus ciudadanos”. Como quien corre con una navaja en la mano para suturar una herida.

Tags relacionados