MEMORIAS DE VIAJES

Un almuerzo a la carrera

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Carmenchu BrusíloffSanto Domingo

Por frugal que pueda ser la comida, me gusta almorzar con calma. Pero hoy se trastocan mis planes, pues a las 2:20 salgo en un tour hacia Tívoli, a unos cuantos kilómetros de Roma. Para no andar a la carrera, estoy a las 12:20 ante una trattoria casi frente al hotel Diana, donde me alojo. Dicen que están abiertos a partir de las 12:00. A ver si es cierto. Su entrada es estrecha y hay en ella numerosos papeles pegados. Carece de atractivo visual que pudiera llamar la atención de los turistas. Es La Grotta Amatriciana, cuyo local está a nivel de sótano. Desde lo alto de la acera entro la cabeza hacia el foso de la escalera, y mirando hacia abajo, a un mozo pregunto si ya puedo entrar. Me contesta afirmativamente. De manera favorable me sorprende el aire acondicionado que bien funciona en esta “gruta”, con una estancia en la cual hay colocadas muy pocas mesas, pero un letrero avisa que hay una sala interior. No puede verse desde aquí. Desciendo por la escalera con pasamano de madera y trabajo realizado en hierro pintado de rojo, igual color que la alegre tonalidad de la vitrina. En ella despliegan abundantes frutas y vegetales de diversos tonos que, de primera intención parecen naturales. Luego me percato que son imitación para adornar. Lo hacen muy bien. Hay también muchas botellas y, en lo alto, la bandera italiana: roja, verde y blanca. Tengo la impresión de ser la única parroquiana, hasta que veo en un rincón a una joven mujer, también sola como yo. Hasta aquí abajo llegan las estridencias de las bocinas de algunos impacientes conductores. En los muros, hay siluetas de monumentos dibujados en cuatro tonos: negro, rojo fuego, gris y blanco grisáceo. Los manteles son de tela, y también las servilletas. He pedido Bucatini all Amatriciana y vegetales verdes hervidos, pero ha pasado media hora, estoy terminando el pan, y el vino de la botellita está ahora a mucho menos altura. ¡Y pensar que yo intentaba un almuerzo a la carrera! Pero heme aquí mirando cómo a un hombre que llegó después que yo, ya le han traído su pedido de spaguettis a la carbonara. Con cierta incomodidad, al camarero pregunto en español si falta mucho. Quizás por mi actitud y rostro ceñudo parece entender. En italiano que mal que bien comprendo, explica que el plato de mi elección está hecho con una pasta gruesa, requiriendo por tanto mucho más tiempo para prepararla. Si lo hubiera imaginadoÖ ¿Por qué no me lo dijeron? Cuando al fin llega, de vegetales ¡nada! Parece que no me comprendió. En cuanto a la sazón, por mucho que me guste el picante, está demasiado fuerte, por encima de lo normal. ¡Uf! Para contrarrestar tal efecto pido algo frío de postre: un buen helado. Los helados italianos son famosos. Este de ahora es de nueces y ¡está rico! Sin desmerecer el vino tinto, que mucho me gustó, lo mejor de este almuerzo es ¡el helado! Como punto final, valió la pena y, por suerte, estoy a tiempo para el tour.

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