COSAS DE DUENDES

La memoria del agradecido

El día que me inscribí en la Universidad Autónoma de Santo Domingo me sentía tan pequeñita como una hormiga. Estaba sola, recién llegada de mi pueblo y todas las caras que veía eran desconocidas. Para colmo, el proceso, en ese entonces, no sé si habrá mejorado con la tecnología, era largo, complicado y agotador. Tuve que madrugar y ponerme en una fila que, para mi asombro, aunque el sol no había salido, ya era larga cuando llegué al campus. Por demás, amanecí cansada, pues el día anterior hice un viaje relámpago al Seibo para arreglar una diferencia entre la escritura de mi nombre en el acta de nacimiento y la que tenían los otros papeles. Llegué a la oficialía a las dos de la tarde, cuando ya cerraban, pero allí yo era la hija de maestro Cuto y doña Mercedes, la muchachita que todos habían visto crecer y eso abre puertas. El problema estuvo resuelto y, cargada con el tesoro que en ese momento significaban mis documentos, volví a la UASD para enfrentar, sin amigos ni apoyo, un proceso que, no obstante, debía fluir sin dificultad alguna porque “todo estaba en orden”. Eso creía yo cuando después de dos horas de espera, alcancé la puerta de entrada donde verificaban los papeles y te mandaban a pasar hacia la fila del primero, como de diez pasos, para la inscripción. El empleado de Registro Académico que estaba en la entrada, sin molestarse en revisar los paples me dijo que el “folder” donde estaban era 11 y medio por 13 y debía ser 11 y medio por once. Salí con los ojos húmedos a buscar un lugar donde comprar el folder. Lo compré y volví a la fila. El empleado me dejó a un lado, mientras yo veía pasar estudiantes preocupadísima porque me habían advertido que mientras más tarde me inscribiera menos materías podría tomar porque las secciones se llenaban. Por fin me hizo caso. Revisó los papeles y volvió a devolverme el folder. “¿Qué pasa?” Pregunté. “Los papeles no están en el orden que deben ir” “¿Cuál es el orden?” Le cuestioné mientras las lágrimas me corrían por la cara. “Póngase a un lado, bachiller”. Me ordenó. Lo hice lívida de rabia e impotencia. Entonces, Henry, un dirigente del Frente Estudiantli Flavio Suero, que estaba ayudando a los novatos de nuevo ingreso como yo, entró en escena. Preguntó qué pasaba y le conté, entre sollozos, lo ocurrido. Henry enfrentó al empleado. Como conocía el procedimiento sabía que era absurdo lo que me exigía. “Dime como es que quieres los documentos”, le dijo platándose delante. El otro bajo el tono. Era solo cambiar una hoja de lugar. Henry lo hizo, me abrió paso y dijo “Compañera, pase”. Fuimos amigos durante todos los años que estuve en la universidad. No sé dónde ésta ahora pero no olvido lo que significó para mí su ayuda ese día. Sin embargo de aquel empelado que se nesañó conmigo sin conocerme, no reucerdo ni el nombre ni la cara. es más una vez, cuando yo era secretaria del Rector d el auniversidad, me tocó ayudarlo y así lo hice. Tal vez él sí me recuerde por la mano que le brindé ese día. Como un señor que el otro día me saludó con mucho cariño y recordó un favor que supuestmaente le hice, del que, la verdad, ni me acuerdo. Pero me sirvió para recorar y recor-

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