COSAS DE DUENDES

Soltar

Mi hija Laura solicitó permiso para ir a un paseo de su colegio. Yo le dije que no antes de que un chofer borracho truncara la vida de 7 niños y jovencitos, el pasado domingo. Claro que esa tragedia hizo que me radicalizara aún más. Ella anda buscando padrinos y objetó la solución que le di para que pueda participar en la actividad “que yo también vaya”. Se opone porque quiere sentarse al lado de su mejor amiga y compartir sin que yo esté vigilando. Ella no ha hecho del asunto un drama, aún no utiliza el recurso de las lágrimas. Más bien, recurrió al buen humor y me soltó la frase “Madre, suéltame, déjame ir. Los niños crecen”. Pensando en este dilema estaba cuando sostuve con una compañera de trabajo una conversación que no estaba vinculada con el paseo de Laura pero que me ayudó a reflexionar sobre la decisión que debo tomar. Mi amiga me contó que de niña ayudaba a su mamá en un negocito que ésta tenía y, cuando cumplió 15 años, le planteó que la dejara independizarse, es decir, negociar por sí sola. La madre respondió un no rotundo. Dos años más tarde murió y mi amiga debió buscar, ya sin su apoyo, la forma de ganarse la vida. Ella, junto a sus hermanos, salió del campo hacia la ciudad, trabajaron para sobrevivir y dieron un paso más allá, todos fueron a la universidad. Ahora, analiza que si su mamá hubiese estado con ellos, tal vez, la historia sería otra. Bajo su protección era difícil que pudieran salir del hogar, como se vieron obligados, y prosperar gracias a su esfuerzo. Está clara en que la idea de su madre no era limitarla pero, muchas veces, lo que hacemos con la mejor de las intenciones tiene consecuencias insospechadas. Ocurre, a menudo, con padres y abuelos que protegen a un niño al que consideran débil hasta que este cumple... 50 años. Puede que por eso llegara a esa edad necesitando ayuda. Ocurriría lo mismo, a nivel físico, si mantenemos a un bebé cargado para evitarle los golpes que trae consigo aprender a caminar. Así lo protegemos llevándolo en brazos hasta que sus piernas se atrofian y ya, sin remedio, le es imposible desplazarse sin nuestra ayuda. Eso mismo ocurre a nivel emocional, con mucha gente que creemos camina sola pero, en realidad, va por la vida en brazos de otros que le aman, pero no lo suficiente como para dejarle crecer al ritmo de sus propios golpes. Porque si el que necesita muletas para avanzar evidencia un problema, también es una muestra de que algo anda mal cuando dejamos estáticos los roles en nuestras familias y nos empeñamos en guiar la vida de un adulto como si fuera un niño. Y pienso que, tal vez, el origen de relaciones dependientes, poco sanas, esté en la decisión tomada cuando surgieron dilemas como si dejamos ir o no a un hijo al paseo en que estará solo, por primera vez en su vida. Así que, cruzo los dedos, quizás Laura deba preparar la lonchera para el viaje.

Tags relacionados