MEMORIAS DE VIAJES

En torno al río Liffey

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Carmenchu BrusíloffSanto Domingo

Me gusta Dublín, pienso mientras miro a uno y otro lado de la calle donde, a mi izquierda, se extienden unidos los teatros Abbey and Peacock, puntales de las artes escénicas en Irlanda. En la cuadra siguiente, abarcando toda la manzana, deslumbra el magnífico edificio de la Aduana, construido en 1791 en bellísimo estilo neoclásico. Su fachada de 115 metros está rematada por una cúpula de cobre de 38 metros. Sobre ella se eleva una estatua dedicada al comercio. Desde aquí no puedo verla. Llego hasta el edificio para mirarla de cerca, pero es desde la otra ribera del río Liffey donde se puede admirar en toda su esplendidez. Uno tras otro, en Bachelor Avenue, se alinean los autobuses vacíos en esta zona de la capital de Irlanda por la cual paseo a pie. Ando “arreburujada” con varias piezas que me dan abrigo, y camino rápido, al igual que el resto de peatones en este amplio espacio abierto en torno al Liffey. Mientras con admiración me distraigo mirando las flores que en los tiestos cuelgan de postes de metal, siento en mi entorno un extraño movimiento y un murmullo. Es el arremolinamiento de gente ante un bus recién llegado donde una mujer se abre camino tras cuatro jovencitas en fila india. Al frente esperan, igualmente en fila, aquellos que se dirigen en dirección contraria. Alcanzo el cruce de calles junto al puente Butt, nombre del que fuera levantado en 1879 pero posteriormente reemplazado por éste. Paralelo, y a un nivel superior, corre otro puente con rieles de ferrocarril por donde circula el tren. Mientras cruzo hacia la otra orilla del río paso junto a varias personas recostadas de la barandilla. No miran el ambiente de río y ciudad. Simplemente están fumando. Ya me extrañaba que con la temperatura baja se hubieran detenido tan largo rato. Arrecia el viento cuando, ya en la ribera sur, es tal la fuerza de su embate que poco menos que al unísono varios transeúntes parcialmente se refugian acercándose a los muros de los edificios. Yo me apresuro, pues no tengo de inmediato dónde cobijarme. Amaina por suerte su fuerza cuando, en esta andadura por el centro de la capital de Irlanda, diviso hacia la izquierda un edificio que, por su forma, está inspirado en un castillo. Ya tendré tiempo de averiguar qué entidad se aloja en él. Al poco rato estoy junto al bello edificio neoclásico con un pórtico de columnas jónicas del Bank of Ireland. En su frontón pueden verse representados la fidelidad y el comercio, dos figuras alegóricas de este país. En la acera, distraen a los viandantes unos cuantos músicos callejeros, que en esta ciudad aparecen tanto en sitios esperados como en inesperados. En la bifurcación de calles, se levantan instalaciones del Trinity College. Tiene a la vista la fachada neoclásica con un reloj en el frontis. Desde aquí sale la avenida College Green, por la cual mientras camino observo cada construcción de magnífica arquitectura. Me encanta la fachada del edificio número 33. No sigo anotando porque, si me detengo, interrumpo a quienes, a la salida del trabajo, caminan presurosos para alcanzar el bus.

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