COSAS DE DUENDES
Sin maquillaje
De niña me gustaban los concursos de belleza. Recuerdo como un gran acontecimiento la celebración aquí, en 1977, de Miss Universo cuando Blanca Rosa Viñas, fíjense que aún recuerdo el nombre, representó a la República Dominicana y Janelle ‘Penny’ Commissiong, la señorita Trinidad y Tobago, se quedó con la corona. El certamen marcó un hito porque ha sido la primera vez en que una mujer de raza negra ha logrado el cetro. Después dejé atrás la fascinación por los concursos, lo que no impidió que aplaudiera la elección de la primera Miss Universo dominicana, Amelia Vega. De hecho, esa vez, me tocó escribir para LISTÍN DIARIO la crónica sobre el triunfo. Por otro lado, hace unas semanas vi en el gimnasio al grupo de chicas que compitieron ayer por la corona de Miss República Dominicana Universo y, como muchas otras personas, me detuve a mirarlas. Claro, ya observo estos concursos con otros ojos. No puedo evitar cuestionar el que una muchacha sea evaluada por su envoltura exterior partiendo de parámetros de belleza en los que muchas no encajan. Pero, aun así, no soy una crítica acérrima de estos eventos; reconozco que dejan un aprendizaje en las participantes y algunas logran proyectarse a partir de ahí. Pero la celebración ayer del certamen Señorita República Dominicana Universo me produjo un pito en el cerebro. Es que ayer también se conmemoraba el “Día Internacional de la Mujer” y algo en mi interior me hizo sentir que una cosa no encaja con la otra. El 8 de marzo, las mujeres conmemoramos, precisamente, que gracias a luchas infinitas y hasta sangre, hemos logrado ser algo más que una cara bonita o un cuerpo deslumbrante. Un día como ayer, del que precisamente se cumplió un siglo, nos hicimos oír reclamando el derecho al voto, a la igualdad para ejercer cargos públicos y al trabajo. También un 8 de marzo murieron cientos de obreras de una fábrica en Nueva York cuando reclamaban sus derechos laborales. Es una fecha marcada con sangre, lágrimas y logros que han ido llegando más despacio que los desafíos que vamos venciendo para alcanzarlos. Uno de esos desafíos es el olvido. Que perdamos de vista la razón por la que se conmemora ese día, y, entonces, que se convierta en una fiesta tradicional más en la que las mujeres recibimos obsequios y se celebran concursos de belleza. No quisiera que, dentro de diez años, cuando a mi hija Laura le pregunten qué pasa el 8 de marzo, responda que es cuando eligen a la señorita que va a Miss Universo o a cualquier otro certamen. Para hacer ese concurso hay disponibles 364 días. Creo que el 8 de marzo debe ser el día de las gordas, las flacas, las feas y las bonitas, de todas las mujeres que luchamos por nuestro espacio con o sin maquillaje.

