MIS APORTES
Cuando las flores necesitan agua
El otro día visité un invernadero de flores. Tenían flores de todo tipo, protegidas con mallas especiales para que nada les pasase a las mismas ni le moleste el hollín de los carros al pasar. Me quedé extasiada. Había orquídeas, margaritas, flores silvestres y muchas otras diferentes. Además, tenían una variedad extensa de diferentes plantas ornamentales hermosas, cada una en su renglón. Todo aquello conllevaba un cuidado muy especial para que no se maltratasen y fueran atractivas al cliente a la hora de adquirirlas. Vi en este lugar, clientes que llegaban prestos a adquirir flores para adornar sus hábitats. Con entusiasmo vi cómo averiguaban con detenimiento qué se hace para que conserven esa hermosura en su hogar. Me encantó ver cómo había gente que se fascinaba con la naturaleza, y también cómo admiraban en cierta forma la creación. De pronto, a mi cabeza llegó una similitud entre este cuidado y las relaciones de pareja. Las relaciones nacen en una fascinación por lo físico, y generalmente se obvia cómo debemos cuidar esta relación para cultivarla y mantenerla con el mismo esplendor de la seducción inicial. Sería interesante que, con ese esmero por saber el cuidado que debemos tener con una planta, nos interesemos en saber cómo es nuestra pareja, respetarla, saber qué le gusta, qué le disgusta, cómo manifiesta su tristeza, qué le interesa, cuáles son las afinidades de ambos, en qué puede ayudar y, sobre todo, qué le hace daño para cuidarla, abonarla y que siempre mantenga su esplendor inicial. Así tendremos un jardín de nuestras relaciones.

